El tema es traído a colasión esta vez por el artículo “El arte de escribir memorándums”, que aparece bajo enlace internético El Diario/LA PRENSA OnLine; es el comprobar otra vez que el mundo hispano está inmerso en la fiebre de los libros y las publicaciones. Lo curioso es que el autor Luis Ortega, con el bagaje informativo que parece portar, por haberse personado en diversos espacios culturales del mundo, por haber tenido tiempo y recursos para inmiscuirse en las venturas y miserias de muchos escritores, nos constate que de la literatura nadie pueda vivir, que al cabo de dar tumbos por la historia, luego de haber nacido bajo el abrigo de reyes y cortesanos, el escritor haya de morir siempre bajo la égida de intereses y gobiernos que le necesiten de heraldo, agente o entertainer. Ortega trae a colasión algún que otro apellido popular dentro del parnasso artístico para fundamentar sus ideas; entonces alude a maromas, restregones y retreta en que han debido participar los que parecieran vivir a tiempo completo del cuento de hacer cuentos.
No es menester seguir las peripecias ideológicas recurrentes en el relato de Ortega, para entender, ahora un poco mejor, esos los intríngulis del mundo de las editoriales; y la caterva de soñadores que por millones paladeamos la ilusión de los libros propios y las estanterías de bibliotecas. Sus aseveraciones ameritan reflexión. ¿A cuáles maromas recurrir para llamar la atención? ¿Las reglas del juego permanecen para todos y en todos los casos?
El redactor toma aire tras una de sus diatribas ideologizantes para cuestionar “(…) si todos somos escritores, si apenas sí hay verdaderos y puros lectores que compren los libros y nos lean, ¿cuál es el destino de los libros en el futuro? ¿Qué destino aguarda a los millones de escritores de habla española y portuguesa en un mundo que cada vez se vuelve más complejo? ¿Quién le va a hacer caso a lo que diga un escritor, como ocurría en las pasadas centurias?” El Escritor ha de viajar “(…) constantemente promoviendo sus novelas, y supongo que en cada pueblo logra convencer a otros doscientos escritores para que compren cada uno un libro (…)”.
Yo conozco otra clase de escritores quizás, querría creer que existe otra clase. La era internética ha puesto en entredicho viejas fórmulas estatuidas por la tradición. Para muchos hoy no es necesario seguir pautas; conozco a algunos que no les basta el contemplar sus libros cogiendo polvo en las librerías, y navegan el mundo cibernético, a la par de cualesquier ama de casa, estratega o profesor, un lugar donde no es necesario someterse a tribunales inquisitivos, sin charlas en pos de compradores; donde hay que aprender a convivir con los vaivenes ortográficos, y otros tantos, indetenible por cuanto no se hace imprescindible el salario, la anuencia a segundas y terceras opiniones, ni el sometimiento histórico.
