Letras y alternativas

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Cuba Interdicta (1)

Cuba. Anatomía para menoscabar al ser humano.

Llegaron por asalto una mañana, anegaron la sala de mi casa en cantidad innúmera los esbirros de la tiranía castrocomunista; quizás la mayor parte de ellos nunca habría visto tantos libros concentrados. Mi madre aprendió a caminar esa mañana sin poner los pies en el piso; cuánto dolor verla desplomada en un butacón esperando mi respuesta. Dios mío, ¡¿cuándo habrá de pagar la Dictadura en Tennis por el dolor que yo comencé a leerle a ella aquel día de julio/18 de 1991?! Yo con la vista la insuflaba de la paz que podía: “tranquila, tranquila, yo no he hecho nada malo, calma, obsérvalos, por más que hojean mis libros no hallan nada”; y ella un poco que se recorfortaba leyéndome los ojos desde su butacón. El esbirro más cercano a mí, muy joven, impaciente, no hojeaba muy bien, y saltaba los libros; pero aquel mulato oscuro que rebuscaba en el librero a espaldas de mi madre. El asqueante perro rasero, no había página que se perdiese. ¡¿Por qué quiso Dios que a aquel mulato (ojalá no emparentado con los gloriosos Maceo, aunque de pinta muy oriental), por qué quiso Dios le tocase a él revisar el librero de la saleta?! El polvo lo atacaba, la rata estornudaba, se estremecía, cambiaba de posición y yo trataba de no mirarlo, poniendo mi vista en el joven cercano … Hasta que la hoja cruel saltó del segundo tomo de Historia Universal. Debí sufrir el quebranto de ella, mi madre, cuando la voz de triunfo de aquel se alzó por encima de la de los demás.

Por 3 largos meses, no puedo precisar cuánto tiempo exactamente, debí padecer dentro de las abominables celdas de Villa María Luisa en Camaguey, el tenebroso Departamento de Seguridad del Estado. Camaguey es un mundo aparte, plagado hasta los tuétanos de prisiones a continuación de prisiones, el Camaguey del cual todos y cada uno a quienes me topo en el exilio me hablan mal por haber pacedido en sus campos el laboratorio siberiano con que nuestro Stalin caribeño ha querido borrar sus mejores memorias: las de gigantes de la talla de Agramonte dando la opción democrática ante vocaciones dictatoriales en épocas de mambizado.

Pasados los días después de mi arresto, siempre preguntaba a quienes ingresaban a la Villa, por la suerte del grupo Criterio Alternativo que en La Habana fundara María E. Cruz Varela, lo que me fuera fuente en la consecusión de los actos y documentos que publico en un 2do artículo; pero todos me confirmaban que ella y su grupo estaban aún en la calle, y ni siquiera el Mayor de la Seguridad Silvino Véliz que trabajaba mi caso se podía explicar por qué en La Habana el régimen toleraba lo que en mi caso y en Camaguey no se podía aceptar. Yo le largaba interminables discursos en contraposición a sus preguntas y él escapaba cada tarde hacia su casa balanceando su cabeza en desaprobación paternalista. Regresaba al día siguiente contándome de la superación profesional de su sobrino quien había estudiado conmigo en la escuela primaria, para enredarnos en sucesivas discusiones.

Un día, apagaron las luces de la habitación donde se me entrevistaba, y esperé cualquier cosa. Abrieron la puerta y pude observar a través de aquella la otra pequeña habitación del otro lado del pasillo de los lamentos: Allí tenían hecho un giñapo a un personaje periodista de la revista universitaria “Resonancias” quien gesticulaba apenas. “¿Quién es ése, Napoleón ?” –me preguntaron. Y entonces sentí que en medio de mi desgracia, de las noches y días interminables oyendo clamar de dolor y desesperanza a otros muchos, me estaba permitido sacar de aquel horror a un infeliz que, según versiones que me llegaron después, había sido víctima de un despreciable e inepto chivatón que trabajaba con él, quien enseguida de saber de la existencia del documento “Intelectuales Cubanos. Criterio Alternativo II”, supuso que ése infeliz era el autor. Me impresionó sobremanera ver a aquel giñapo en el estado de desplome físico; él miró en dirección mía, pero nunca me vio producto de la penumbra en que habían dejado la habitación donde yo estaba. Si algo me impresionó desde que caí preso fue que me mostrasen a ese ser destruído; todo se me agolpó en la mente, supuse de todo, entendí todo y más que pudieren estarme queriendo decir los chacales, y preferí salvar a aquel hombre. Ya en la celda un presidiario viejo me había contado entre otras cosas de lo malo que era entrar a prisión con compañeros de causa débiles o problemáticos, y después de todo, ¡¿para qué aceptar las invitaciones de los chacales para que incriminara al pobre diablo?! ¡¿Porque el personaje caía mal con sus cuentecitos picantes en la revista “Resonancias”?! No, no quise.

Vinieron días peores, fui amenazado con salir con los pies por delante debido al supuesto de que una “libélula” de mi celda decía que yo planeaba una fuga; alguien más sensato a pesar del loco que se decía él ser, me pidió reflexionase antes de decirlo a mis familiares en una visita, pero algunas fuerzas internas me obligaron a causar la explosión que me condujo a una celda más chica y pestilente, seguido del loco; allí rompimos también todo lo que pudimos, era muy difícil no contagiarse de los arrebatos de aquel hombre quien libre mucho tiempo después me enviaba su afecto y respeto con segundos y terceros. Gritamos un día después que nos quitaron la ración de aire, gritamos desesperadamente el “abajo” que nos salió de nuestras gargantas secas; y nunca cesó la grabación del supuesto auto que pretendía arrancar, desde la mañana a la noche, a destiempo, a horas regulares, allí siempre y dondequiera que fueres: el maldito auto ahogado que no podía prenderse, tortura mental que no se puede borrar como las físicas.

Un día me sacaron; estaba escuálido, flaco y muy alto, con muchísimo pelo. ¡¿Qué parecería?! Me sentaron en el asiento trasero de un auto lada soviético, a mi lado un joven “7 pesos” a quien debieron explicarle de mi naturaleza asesina o algo similar, porque nunca me quitó los ojos de encima, su disciplina no le permitía quitarme los ojos de encima. Me llevaron a un lugar muy cercano, a una de las tantísimas escuelas donde antes trabajara, calle Cisneros casi esquina a General Gómez (¡qué nombres de gloria!). Allí debía yo confirmar una de las teorías mías acerca del cómo ocurrieron los hechos. Y alguna rata infame, chivato de oficina, delante de los chacales me impelía a decir la verdad. Al regreso era evidente que una de mis historias se había desplomado. Fue la única vez que vi a mi Camaguey en 3 meses; pero nunca olvidaré que cuando el auto me regresaba a las mazmorras, pasando por el Casino Campestre por la calle que lo corta de norte a sur, y en dirección al reparto La Guernica, alguien que conversaba en un banco se levantó y alcanzó a lanzarme un adiós que me rompió el corazón y me levantó mis bríos lugareños. ¡¿Quién fuiste, amigo?! ¡¿Quién fuiste en aquella tarde oscura?!

No recuerdo bien, pero me atrevería a decir que el jueguito de ajedrez que nos distraía en el suelo, armado con viruticas de pan, lasquitas de madera y alambritos, nos fue arrebatado por esos días. Allí aprendí a jugar ese portento de la mente.

El mulato de la amenaza de muerte pendía sobre nosotros los encarcelados, como Espada de Damocles, a varios les escuché algún relato donde aquel tenía que ver. Un día vino a mí en medio de una entrevista con el Véliz, se me paró al lado exigiendo hablase lo que aquel quería. No se podían explicar después de mucho tiempo que realmente yo estaba sólo en mi causa, que tendrían que cerrar mi caso sin poder incluir a nadie más; es que yo había trabajado de Asesor Literario en Sierra de Cubitas y me conocían todos en el Sectorial de Cultura; es que yo había trabajado en muchísimas escuelas y era el esposo de la presidenta del tribunal de calificaciones de Español-Literatura en el Instituto Superior Pedagógico José Martí, quien además fungiera como Metodóloga Municipal de Español-Literatura de la Enseñanza Media; y mi caso se conocía a pesar de que por esa época no había ocurrido nada similar con otros intelectuales camagueyanos, como sí acontecía en La Habana, por ejemplo. Pues aquel personaje tuvo que venir a mí con sus ínfulas de fortachón obligándome a encararme. Se me acercó en ademán demasiado en reto, y me espetó que me conocían bien, que no me sabían nada como guapo de esquinas; se lo acepté como verdad, pero debí indicarle que no tratara de probarme, al tiempo que responsabilizaba al mayor Véliz por lo que pasara (¡qué diría Agramonte de saber cómo se usa en la Cuba de Castro el título de Mayor!). El asunto se diluyó, para dar paso a días peores. Nos encerraban con asesinos en serie, con personas que se cortaban las venas ante uno, entre paredes tintas en sangre de diversos matices, y otra vez los lamentos nos despertaba en las mañanas; homosexuales tirando besos de una celda a otra, mujeres histéricas, puertas abriéndose, el auto que nunca arrancaba, y otras puertas cerrándose por última y aparente vez en el lado geográfico en que creíamos ubicarla; debíamos contemplar, escuchar, y/u oler los actos de excretar y otras funciones de los presos más recalcitrantes.

Algún día de 1991 el Véliz decidió que ya no había nada más que hacer conmigo en aquel infierno, y me lanzó a aquel horror denominado Cerámica Roja, de la que no hablan mucho los denunciantes internacionales. Las páginas inenarrables de aquello habré de escribirlas en una II ocasión, sólo recordar por ahora cómo se comportaron en el acto de mi juicio-teatro, los farsantes “poetas de azotea” que aún hoy flotan en Cuba, los que quedarían mencionados en una 2da parte. ¡Habría que haber filmado aquellos “me a culpa el haber conocido alguna vez a Napoleón”, pronunciados por esos entes!

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enero 22, 2009 - Posted by | Cuba Interdicta (1)

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