Letras y alternativas

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Teresa Dovalpage

Posesas de la Habana. Mentís al mito de los Irreverentes.
“Dar o no el pesca’o; ésa es la cuestion”
Por Napoleón Lizardo


teresa-dovalpage

No tengo idea con cuál escritor específicamente se agarró a la literatura cubana la etapa de las barbacoas, segundo, tercero y cuarto pisos de la desvencijada arquitectura colonial habanera; la “irreverencia snob” de esa generación, o subsecuentes degeneraciones. El poder político utilizó a aquellos de punta de lanza connivente para acabar con cualesquiera valores, instituyó una nueva ética en la creación artística, la de pisotear cualesquiera factores durante el ascenso de los llegaditos al parnasso artístico, menos contra la denominada revolución que los gestó; arribó al hecho artístico, y en tropel, cuanto oportunista quiso libar bajo el régimen; los más se plegaron por verse publicados en la prensa escrita, en todos los medios de comunicación adueñados por el sistema, etc.

Insisto, nací en 1960 cuando todo lo que había bajo el sol, estaba repartido, cuando en las aulas ya instaban a ingerir el bodrio de esa nueva clase cultural. Desde pequeño me escogí cuál literatura leer, y para escapar de la agresión psicológico-propagandista que retrataba a mi padre como sospechoso a quien tenía que vigilarle los pasos, me refugié en los Víctor Hugo, Jack London y José Ma Heredia. El mejor de los modos que hallé para estar al tanto de la tomadura de pelo, para estar actualizado según teorías literarias las más de las veces elucubradas en el Montparnasse de la izquierda europea, fue el de leerme artículos excrecentes que les publicaban a los autorizados por el régimen comunista, en periódicos “especializados” como El Caimán Barbudo. No tuve modo de poder pasar más allá de la segunda página del “Siglo de las Luces” por más que lo intenté; a un tal Arrufat, cuyo apellido me resultaba interesante, lo intenté leer muchas veces, pero no pude; ni hablar del entre líneas con que asumía a José Martí para no caer en la opinión popular de que también éste “era un vendido al castrato”. Me costó mucho hacerme de una cultura general, sin que pudieran lavarme el cerebro, cultivé amistad con personas ancianas, acopiadoras de buenas bibliotecas, pero nunca les leí la literatura arrodillada; los irreverentes con quienes trabé discusiones, los que a soto voce comenzaban a denostar a Castro por su adversión a los cambios en europa del este, nunca avanzaron mucho en sus diálogos conmigo, por eso se portaron todos en los modos en que resultó el juicio-teatro que me montaron los comunistas en Camaguey para llevarme a prisión política. De eso hablan mis artículos “Cuba Interdicta”.

Insisto, no tengo idea con cuál escritor se agarró a la literatura cubana la Etapa Barbacoa. Bajo una eventualidad curiosa tuve acceso a la novela de Teresa Dovalpage –profesora de una universidad en California–, la que intituló “Posesas de la Habana”; hurgué entre mi colección, algo con que menguar el aburrimiento de un viaje en avión a la ciudad de Nueva York el 25 de Julio del 2006, y me tropecé con esta obra. Ciertamente que no me crié bajo la degeneración que se describe allí. Parece que ese mundo de las cuarterías en La Habana, es más sórdido de lo que intuía antes. En opinión de alguien que vive en Morón, parece que el barrio mío podría calificarse como suburbio de Camaguey, detrás de lo que fue el Cuartel Agramonte, parece que sí viví todas las miserias típicas que trajo consigo el régimen post ’59, que tiré piedras, rompí lámparas, me dieron palizas, que comencé a beber temprano, que forniqué, etc, ¡pero el mundo ése que describe la sra Dovalpage no lo viví yo! Resulta que a través de su novela creo conocer mejor a Cuba. En ocasiones, personas que han ido de turistas, me han arrojado comentarios que no he entendido totalmente; ¡ahora con este libro comienzo a entender mejor, a mis 46 años! Nunca en mi niñez o adolescencia pude insultar ni faltar el respeto a persona adulta alguna; tenía a dos puertas de mi casa un ser abominable a quien le molestaba que la muchachada pasara cerca de su ventana en horario de siesta; esa sra fue capaz de decirme lo peor que puede salir de boca humana, y mi madre, harta de eso me autorizó un día a devolverle la falta de respeto: ¡NO PUDE, EXCELENTISIMA SRA DOVALPAGE!

¡¿Cuáles promiscuidades no se describen durante la ejecutoria de las posesas?! ¡¿Cuántas son las negaciones de Dios, los vituperios que allí se le dirigen por parte de personas convencidas de ser odiadas por El, por haberlas hecho nacer en el horreur castro-comunista?! Quizás por suerte me tocó afrontar esta novela en específico, porque con su lectura no he sentido el asco por el sexo que me han provocado fragmentos muy difundidos de la Etapa Barbacoa. Es cierto, la Dovalpage dosifica todas sus calenturas con barrabasadas humorísticas, de modo que en aquel avión de marras tuve que soltarme las mejores carcajadas frente a un libro.

Creo entenderé a partir de ahora cuál es el mundo que pervive en la psicología femenina; no tenía idea de que ellas conciben sus peores momentos como grajo, ni que decidan al primer golpe de vista si “dan o no el pesca’o al hombre de ocasión”. A mí me arrojaron a la prisión política cuando apenas el castrato daba sus pasos disimulados en pos de nuevas metrópolis (1991), cuando salí hallé un mundo muy diferente; el festín sexual, autóctono y tercermundista que nos inocularan desde el ’59, cedió ante la avalancha de turistas tacaños, como la autora relata; ése mundo jinetero, de che guevaras con sus muelas socialistoides al tiempo que reclaman al homosexual de turno les halle putas bien putas, está descrito con todo libertinaje mental; y el hambre persiguiendo a todos y en todas partes; personajes a quienes se les ve transcurrir hacia la degeneración a velocidades sísmicas. Yo conozco el hambre, por eso agradezco a la Dovalpage por manejar este tema en la forma en que lo hace; yo vi a algunos hombres en prisión, “entregar sus intestinos al depredador”, cuando se vieron imposibilitados de pagar de vuelta el vaso de azúcar que tenían en deuda. Yo vi hombres hacer malabares en pos de la comida, por eso, el que la madre heroína de la novela deteste a la hija porque se harta gracias a la bisabuela –quien representa el pasado y los últimos valores sobrevivientes–, me es entendible aunque inimaginable en mi familia camagueyana, con mejor acceso al alimento que el habanero promedio, con más acceso a un Dios que no necesita de iglesias. Yo vi habaneros hambreados, en la etapa mejorcita, bajo los dictados de la metrópoli rusa, “tirarse contra” los platos de queso que sabía allegar un padre a la mesa.

De cualquier manera el relato de la Dovalpage es digerible, no cuesta trabajo dejarse deslizar uno por entre la miasma que describe. Sus técnicas de redacción, entremezclando sin previo aviso diálogos y descripciones, toman por sorpresa al lector en los inicios, hasta que uno se familiariza; es el fluir natural de la mente en los desasociegos naturales de la vida cotidiana que ella pretende contar:

“(…: Divisé a Yarlene en medio de la calle tratando de que alguien nos diera botella por favor, que se muere mi amiga(…)”

Juego con los tiempos verbales, sin alertas, la retrospectiva siempre allí, presente en la obra de los tiempos que corren.

El trabajo habla de 3 mujeres, y una niña surcando el infierno, apagones y “mecagoentumadre’s” todo el tiempo; habla del cuidado que hay que darle a los 200 dólares apenas enviados por una parienta desde los Estados Unidos; el maremágnum que se arma en pos de “gozarlos” en alguna forma, los conflictos entre la parentela a fin del cómo tener acceso a esos doscientos dólares, etc. Habla de chivatos, de envidia, de frustración al ver que la promesa comunista se vino abajo, regresiones constantes al mundo clásico griego –cuando es lo cierto que el decadente imperio romano le habría dado a la autora mejor pie dramático–, etc.

Si usted es un socarrón que ama toda esa gama fraseológica que nos cargamos los cubanos, grosería a todo tren incluida; si usted pensaba en comprarse un diccionario de “cubanismos”, para saber hasta dónde han retrogradado las mejores tradiciones, ésas de las que ha oído hablar a su padre, cómprese este libro. Si usted es una de esas ancianitas que ríe a mandíbula batiente con las obras de teatro que exhibe la Calle 8 de la Saguesera de Miami, creyendo que se las sabe todas respecto de la desgracia en Cuba, le recomiendo la lectura de esta obra; es cierto que los tiempos han cambiado, que usted podría sufrir un colapso al descubrir que Cuba no existe, que los años para sacar de entre los escombros algo de lo que fue, van a ser más de los que prometen los demagogos patrioteros. Es cierto que la autora apela a todos los recursos para describir con menos “rimbombancia” que Víctor Hugo, acerca de la enagenación de vida, que si nos hace reir a carcajadas, el riptus amargo tiene que aguantárselo cada quien en sabiendas que vivimos un mundo de asco, donde hay que aferrarse a lo que quede de valores donde quiera que cada cubano trata de sobrevivir por el mundo. Si usted en un homosexual empedernido, Cuba es un paraíso para usted, allí está el “mulato con penes de a metro”, que se hace ola, esperando por su bolsillo y retaguardia. Si usted es una madre que ha criado en el exilio a sus hijos pletóricos en amor y valores filiales, no vaya a Cuba hasta después de 30 años de muerto el Tirano en Tennis. ¡Por favor, escúcheme!

Otra vez regreso al rostro de Teresa Dovalpage, quizás de ella he visto no más de tres fotos, pero ésta que exhibe la contraportada del libro acusa a la Elsa del relato novelado. ¡¿Cuántas chicas con ése rostro me he topado más acá que en Cuba?! ¡¿Es idea que me hago o la historia no tiene nada que ver con la Dovalpage?!

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Más sobre la autora, en  EL DIFUNTO FIDEL. Por Teresa Dovalpage.

enero 22, 2009 - Posted by | Teresa Dovalpage

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