Letras y alternativas

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Yarini y la Habana, un país y sus dioses rotos.

Escena del filme "Los dioses rotos"
Es una lástima que ese espíritu de supervivencia del cubano, recalcado en el filme “Los dioses rotos” del director Ernesto Daranas, no se haya podido encausar por mejores vías; la cobardía se insiste en disimular a través de las formas de hacer arte que el castro-comunismo estatuyó con su discurso inaugural, la monserga aquella de “con la revolución todo …”. Las bajezas más sórdidas, la negación del maniqueísmo que nos imponían en los principios del castrato, se baten a todo trapo en esta obra.

Me recuerdo a mí mismo en La Habana durante mi inclusión para las filmaciones de “Cecilia”, seriales televisivos como “El mambisito”, “La isla del tesoro”, etc. Por aquella fecha conocí en plena güagüa/bus a una mujer extremadamente bella y alta. Conversamos en la esquina de Galiano y Carlos III por largo rato; yo el depredador típico de mi época travolta –tema del que hablo en un artículo borrado mil veces porque no acaba de complacerme: “Travolta’s fever o el strut de darme a la vida”–. A lo más que me atrevía en esa Habana sórdida que me tocó vivir a dos cuadras de la casa de Martí, era a conquistar cuanta mujer bella pudiera; tenía que apoyarme en la jerga camagüeyana, en mis chistes campesinos, en mi pelo largo y los ojos entornados, porque nunca estuve apto para meterme a chulo ni abandidarme en grupos. Recuerdo especialmente a esa mujer. Vivía en un cuartico de 2×2 quizás, y desde allí se escuchaban escándalos solariegos que ayudaban a mermar nuestras “pasiones verbales”. Tuvo que venir el año 2009 y este filme del señor Daranas, para que yo alcanzase a entender todo el misterio de aquella donna. Recuerdo que años después, cuando salí de prisión política y hube de vivir en San Miguel del Padrón, se me antojó encontrarla otra vez. Seguía hundida en aquella miseria que la conocí, pero vistiendo ropas impensables para mi Camagüey; la misma candanga anticlimática del filme, de La Habana, y sus dioses rotos: mucha ostentación pero un hambre milenaria; como cuando se abalanzaban sobre la mesa de mi casa en provincias a por comer queso, carne, aguacate; allegado todo por el hombre que me enseñó a forrajear comida en “Cañáonda” y sus lares avileños.

¿Por qué son tan cobardes y quieren disimularlo dándose navajazos y tiros en pos de ése mito Yarini que reverdece el gobierno para alimentar el turismo? ¿Qué carajo se creen éstos guapos llegados a Hialeah, quiénes no se atrevieron jamás a enfrentarse al gobierno castrista? Quienes no pertenecemos a ése submundo que ofertan ante la mirada del turismo y sus dólares –aún cuando destruyan a marchas forzadas la imagen de Cuba para que recojamos peores cenizas–; quienes no pertenecemos a ése submundo que relata el filme, nos quedamos siempre con la impresión que me causó la novela de Teresa Dovalpage “Posesas de La Habana”: Por más que estudio la historia reciente y pasada de esa capital cubana, más amo mis tierras lugareñas. ¿Qué piensa usted?

Algún día quizás aparezca ese mecenas que se interesare en mi güión para cine “Agramonte”; para darme el placer de mostrarle al mundo otra forma de ser cubano; aquel, un hombre democrático que jamás cejó ante las vocaciones dictatoriales del Oriente isleño; un hombre que la chusma apedreó cuando las tropas españolas lo conducían hecho cadáver, para atemorizar a los guapos de barrio.

No sé, pero estos intentos del régimen que ha coartado las libertades por medio siglo, de encontrar otros códigos para hacerle creer al mundo que estaría dispuesto a la transición lógica, son una farsa que engaña a quien no preste atención o se la dé de guapo de barrio para disimular su miedo ancestral. Da asco el cómo se repiten los unos a los otros el “¿qué te pasa?” con ese tono que se copia de boca en boca. Definitivamente el lenguaje que emplean hoy en La Habana, es peor que el que dejé en 1995 cuando salí al destierro. El güionista pone en boca de sus sabandijas, menciones sobre la cultura de la humanidad, que ya quisieran muchos Licenciados en Historia como yo, conocer; apenas si descifro el millar de metáforas que trae consigo este filme; ¿qué podrá entender el camionero que reparte el pan en Hialeah, o la ama de casa que trasiega con arroz entre sus faldas en la isla?

Conocí a ése actor que interpreta al más malo del filme. Éramos extras de la tv y el cine en los años que precedieron los sucesos de la embajada del Perú, y el Mariel. Siempre la misma sonrisa para todas las situaciones dramáticas; mención especial para esa protagonista con cara de Niurka Marcos –¿quién no se da cuenta de eso?–, para el que interpretó el personaje más vendible al turismo, la loca travesti, guapa, y cobarde. Para el Yarini de nuestros días, inspirado en un guapo de 1910 que dicen era patriota, no hay compasión; es un ser infame que humilla a la clase profesoral que desde las aulas vive la miseria paupérrima, un modus vivendi muy por debajo de la clase social que aupa el filme y ciertos intereses.

“En la cara no”, grita la prostituta a quien le están matando al tipo lindo y sin entrañas; la misma cosa repetida de Cirilo Villaverde y el filme “Cecilia”. ¿Cómo que “en la cara no” si el tipo es un inmoral sublimado por el estilo taquilla? ¿Quién podría interesarse en que no le degradaran el rostro a un chulo abusador? Una sola persona, la jinetera enamorada, atrapada por sucesivos gobiernos y la política; es todo.
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octubre 31, 2009 - Posted by | Yarini y los mitos

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