Letras y alternativas

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Orestes Gómez Orozco

Orestes Gómez Orozco

Recuerdo la primera vez que me vi en pleno palmetto expressway usando un celular de aquellos que parecían plátanos machos, “heading south”, yendo hacia el sur, a la altura de la calle 25 del noroeste de Miami; exactamente tras las junturas, tela de araña que forman esta vía, y las diversas entradas y salidas del expressway 836, que corre de este a oeste. Qué horror, manejaba uno de aquellos descomunales crown victorias de los que siempre fui aficionado; recuerdo que con la mano derecha trataba de abrir la tapa del teléfono, empleando en la contienda mis labios; porque esta acción se la había visto ejecutar a uno de los vástagos de mi esposa de entonces; mi héroe William, a quien perseguía de contínuo en sus elucubraciones electrónicas. Recuerdo cuál sensación sentí en esos primeros tiempos, “por qué tendría que arribar, luego, a la era digital y su hemorragia de celulares, cuando mis ojos no respondían a la visión que me consumieron las celdas de prisión política en Camagüey, etc”. Recuerdo que pasé lo indecible tratando de abrir aquel armatoste que por los años 96-97 ya se le llamaba celular. Recuerdo que por poco me salgo de la vía, casi en peligro de provocar un accidente, etc. Me sentí mal, porque, si no estaba preparado para manejar un auto y hablar con celular de por medio, entonces no estaba ready/apto para asumir el progreso que había soñado desde Cuba; aquello pudo provocar en mí una depresión; recuerdo que años después me decidí a usar espejuelos, y con ello liquidaba uno de los impedimentos para asumir el desarrollo tecnológico; quizás un año después que la hemorragia de celulares dijera “aquí estoy yo, y el ejército de balseros pugnaran por los gritos tras semáforos y timones, nalgas y anaqueles”; pues tras el primer susto y vorágine, un día aprendí las maromas de hoy día; época en que puedo conducir e ir conectado al internet, chequear emails, y toda la candanga usual de los jóvenes, etc. El asunto es que todo este maremágnum de eventualidades me ha inducido traer a colasión a mi padre y sus exhacerbadas cualidades de adaptación; el héroe que jamás le trabajó al castrato, y que proporciara a mi familia la mejor alimentación del reparto La Mascota en Camagüey.

Hoy día, mientras conduzco el auto, y busco en la pantalla de mi celular el artículo de portada de cualquier periódico, y escribo breves notas en el bloc -con c-, apostado éste en el asiento del pasajero; y vigilo el tráfico para quitarme de arriba esperas innecesarias; escucho además las canciones que dejara grabadas mi padre en un cassette antiquísimo. Me regodeo en el kitsch, la cursilería de la generación anterior -la misma que vería en mí el joven William-; y me confirmo en la tesis de que el hombre siempre es víctima de las circunstancias. ¿Cuánto habría logrado a la altura del 2009 un “survivor” de la envergadura de mi padre? Me gusta hacer las preses por lo que fuere, viajar con la imaginación, y creer de mi padre un progreso y adaptaciones inconmensurables.

Me resulta espantosa la experiencia de escucharlo, acompañado por una voz fémina que habría logrado lauros para la venta de tomates o cilantro en cualquier plaza atiborrada de anunciantes. Mi padre jamás permitió a ninguno de sus vástagos respirar en derredor a la zona donde él estuviere grabando sus canciones en su ridícula grabadora. Aquella época en que le tocare fungir de dios Eros admirador de la cancionística mexicana; rodeado de mujeres de todos los cortes que le reverenciaban por sus cualidades musicales y físicas; arrasando en aquellos predios del paraíso masculino de provincias; haciendo con la letra de las canciones lo que se le antojare, faltas de ortografía orales incluidas; con sus amaneceres botella en mano y sobreviviendo del forrajeo de comida y juego de charada; se me hace que acá, “donde todo está inventado”, habría tenido que hacer tremendo esfuerzo en la adaptación, etc. Mi padre -infiero arriba-, cuando le quedaban pocos años de vida, descendió muchos escalones de la deificación en que le consagraren todas aquellas amas de casa que con él conseguían el aguacate, los frijoles y hasta el oro negro que en Miami cualquiera se tira al gaznate por unos centavos; de aquellos galleros que lo conocían por el sobrenombre de Campeón; mi padre, en los días en que habría grabado este cassette que alguien me trasladó a formato cd, compartía su vida con una mujer de difícil compostura social, según se contaba; en la grabación, para tener el placer de ir acompañado por la voz de mi padre, tengo que sufrir el desgarramiento pregonero de una vendedora de tomates fracasada; pero agradezco a Dios por la oportunidad de escucharle a él a la hora que se me antoje. Mi padre no ha muerto; es uno de los “me da la gana” que cargo conmigo.

Pues lo dicho, ¿cuántos logros, caídas y lucha habría protagonizado en Miami, aquel soldado de Batista a quien no le dio la gana de que sus hijos usáramos la pañoleta pionera inventada por el castrato? No sé cuál de mis hermanas habría acometido su voluntad en los modos a que me apliqué; lo cierto es que por estos días mi padre y las capacidades inmarcecibles del ser humano en la adaptación a las circunstancias, rondan mi cabeza, y escribo, transmito.

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noviembre 10, 2009 - Posted by | Archivo/ARTICULOS

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