Letras y alternativas

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Cuba, infierno proletario

El correo electrónico “a la cubana”

Disquettes de 3,5″
Recién graduada de la carrera de Cibernética-Matemática, hace casi unos 20 años ya, una de mis “tareas” en el centro de trabajo en el que comencé mi vida laboral era pasar mensajes electrónicos. Por aquellos tiempos, el “email” no había tocado aún la puerta de ese centro y las escasas personas que allí usaban “el correo”, escribían sus mensajes en hojas. Nos los daban después a “las muchachitas” para que las pasáramos desde el centro de cómputo de la Facultad de Cibernética-Matemática (el nombre ya cambió), en la colina universitaria habanera.

Lo peor no era lidiar con el puño y letra de cada cual, sino enterarse del contenido de aquellos textos. Para mí era muy penoso y lo hacía notar pues, cuando había respuesta, memorizaba lo general para dar cuenta de las mismas donde, a veces, juraba iba a ser la última vez que sirviera de lleva y trae. Sin embargo, a los autores de aquellos prehistóricos emails no les importaba y preferían que “las muchachitas”, serias y responsables como éramos mi colega y yo (aún lo soy, por cierto), hiciéramos llegar los mensajes a sus destinatarios. Demoraba una eternidad teclear todas aquellas hojas en el elemental programa de mensajería electrónica que estaba a disposición de todos. Llegué a conocerme muy bien los vericuetos del pine.

Constantemente nos preguntaban en el trabajo si había “llegado” el mensaje, o si lo habían “virado para atrás”, o si ya habían respondido, etc. La cuenta de correo electrónico era una sola para todo el centro. Yo conocía de memoria, por la dirección electrónica, quién había respondido, a quién, cuando íbamos por allí la próxima vez.

Primero lo hacíamos una sola vez al día; más tarde casi que nos rogaban que fuéramos a cada segundo, desesperados por saber “si había algo” en el buzón. La situación mejoró cuando pudimos llevar los mensajes, ya tecleados por los mismos autores, en disquettes de 3,5 pulgadas (como los de la foto al inicio del post). Creo que aún guardo un par de ejemplares en alguna gaveta…

Poco tiempo después llegó el correo electrónico a mi centro laboral. “Físicamente”, quiero decir. Desde el “grupo de computación” podíamos enviar y recibir mensajes y ya no había que caminar hasta la Facultad. Lógicamente, su uso creció, y el tiempo que debíamos dedicar a la tareíta, lamentablemente, también. Pero eso lo llegamos a resolver muy rápido: les enseñábamos a los demás los pormenores del correo y los sentábamos en una computadora para que lo usaran ellos mismos.

Nos quitamos un gran peso de encima… pero sólo por un tiempo: celos profesionales (o de los otros) hicieron que el director nos tocara la puerta un día para exigirnos que lo tuviéramos al tanto del contenido de los mensajes enviados y recibidos por una de las trabajadoras del centro. Cuando terminó de hablar le dije que no, que los mensajes eran personales y que yo no iba a leer lo que escribieran los demás, sin su consentimiento. Que si él quería hacerlo, que viniera él mismo a sentarse a la computadora y los leyera uno por uno.

Eso no le gustó, por supuesto, pero aquello no trascendió (por eso supongo que se trataba de los “otros” celos). A mí tampoco me gustó conocer la cara de la censura informática por primera vez. Ahí comenzó en mi centro la vigilancia informática, el abuso de poder de unos que determinan, por otros, qué puede hacerse y qué no sin que los otros se enteren.

Pasado el tiempo recuerdo hasta el más mínimo detalle de todas aquellas peripecias que hacíamos, cuando el correo electrónico funcionaba papel en mano de por medio, con diversidad de caligrafías y asuntos encima. Hoy es Cuba uno de los peores enemigos de Internet del mundo, donde ni el correo electrónico escapa a la censura oficial, a todos los niveles.

Aunque, para ser justos, “no a todos los niveles”: una muy buena amiga que vive en Cuba me comentaba hace un tiempo, que ya no tenía más correo electrónico porque el jefe del grupo de cómputo, militante del Partido Comunista, “recomendó” a la dirección de su centro que no todo el mundo “necesitaba” email y que la conexión ya era bastante lenta como para dejarles a los demás usar el correo, principalmente para asuntos no relacionados con sus contenidos de trabajo. Todos sabían, sin embargo, que lo que pretendía con eso era tener más oportunidad y rapidez de conexión para “bajar” los videos que vendía más tarde en CDs piratas en el mercado negro, negocio del que realmente vivía.

marzo 16, 2011 - Posted by | Otros autores

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