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El comandante yanqui

El comandante yanqui (Primera Parte)

LAS 3 PRIMERAS PARTES AQUI, EN JUNIO 07, 2012. TOMADAS DE penultimosdias.com

por David Grann

Por un instante, se vió oscurecido por la noche habanera. Era como si fuese invisible, como lo había sido antes de llegar a Cuba, en medio de la Revolución. Entonces una ráfaga de luces lo iluminó: a William Alexander Morgan, el gran comandante yanqui. Estaba de pie, con la espalda contra la pared acribillada, en el foso vacío que rodeaba a La Cabaña —una pétrea fortaleza del siglo XVIII, en lo alto de un acantilado que vigila la bahía de la Habana, ahora convertida en prisión. Salpicaduras de sangre se secaban sobre el pedazo de terreno en que el amigo de Morgan había sido fusilado, momentos antes. Morgan, que tenía treinta y dos años, parpadeó frente a las luces. Se enfrentaba a un pelotón de fusilamiento.

Los tiradores miraron al hombre que les habían ordenado matar. Morgan tenía casi seis pies de altura, y los brazos y piernas poderosos de alguien que ha sobrevivido en la espesura. Con una mandíbula decidida, una nariz agresiva y una revoltosa mata de pelo rubio, tenía el aspecto galante de un aventurero de película, un recuerdo de eras pasadas, y sus fotos habían aparecido en periódicos y revistas alrededor del mundo. La imágenes más fascinantes —tomadas cuando luchaba en las montañas, con Fidel Castro y el Che Guevara— mostraban a Morgan, con una barba descuidada, sujetando una subametralladora Thompson. Aunque ahora estaba afeitado y vestido de presidiario, los ejecutores lo reconocieron como el misterioso americano que antaño había sido saludado como héroe de la Revolución.

Era el 11 de marzo de 1961; dos años antes Morgan había ayudado a derribar al dictador Fulgencio Batista, llevando a Castro al poder. Desde aquel entonces la Revolución se había fracturado, con sus líderes devorándose entre sí, pero la visión de Morgan delante de un pelotón de fusilamiento fue un shock. En 1957, cuando aún Castro era visto como un combatiente por la democracia, Morgan había viajado desde la Florida a Cuba y se había dirigido al monte para unirse a la fuerza guerrillera. En palabras de un observador, Morgan era “como Holden Caulfieldcon una ametralladora.” Era el único norteamericano en el ejército rebelde y fue el único extranjero, aparte de Guevara, un argentino, en alcanzar el más alto rango del ejército: Comandante.

Después de la Revolución, el papel de Morgan en Cuba despertó incluso más fascinación, a medida que la isla se veía cada vez más implicada en el conflicto mayor de la Guerra Fría. Un americano que conoció a Morgan dijo que había servido como “principal agente secreto” de Castro, y Time le llamó el “hábil doble agente, nacido americano” de Castro.

Ahora Morgan era acusado de conspirar para derribar a Castro. El gobierno cubano afirmaba que Morgan había trabajado en realidad para los servicios de información estadounidenses —y que era, en efecto, un agente triple. Morgan negó las acusaciones, pero incluso algunos de sus amigos se preguntaron quién era en realidad, y por qué había ido a Cuba.

Antes de que Morgan fuera llevado fuera de La Cabaña, un detenido le preguntó si había algo que pudiera hacer por él. Morgan contestó: “Si alguna vez sales vivo de aquí, cosa que dudo, intenta contarle a la gente mi historia”. Morgan comprendió que algo más que su vida estaba en juego: el régimen cubano distorsionaría su papel en la Revolución, si no lo borraba de los registros públicos, y el gobierno estadounidense amontonaría los documentos que le afectaban en archivos clasificados, o los “sanearía” escondiendo pasajes bajo tinta negra. Sería borrado —primero del presente, después del pasado.

El jefe del pelotón de fusilamiento gritó, “¡Atención!”. Los tiradores alzaron sus rifles belgas. Morgan temió por su esposa, Olga —a la que había conocido en las montañas— y por sus dos jóvenes hijas. Siempre se las había arreglado para torcer las fuerzas de la historia, y había hecho una petición de última hora para comunicarse con Fidel Castro. Morgan creía que el hombre que en el pasado le había llamado “amigo fiel” nunca lo mataría. Pero ahora los ejecutores estaban amartillando sus armas.

El primer truco

Cuando Morgan llegó a La Habana, en diciembre de 1957, estaba impulsado por la emoción de un secreto. Se aseguró de que no estaba siendo seguido a medida que se movía subrepticiamente a través de la capital iluminada por el neón. Presentada como el “Playland of the Americas,” La Habana ofrecía una tentación tras otra: el night club Sans Souci, en el que, en escenarios al aíre libre, las bailarinas de amplias caderas se movían bajo las estrellas al compás del cha-cha-cha; el Hotel Capri, cuyas tragaperras escupían dólares americanos de plata; y el Tropicana, donde clientes como Elizabeth Taylor y Marlon Brando disfrutaban de lujosos espectáculos que incluían a las Diosas de Carne.”

Morgan, por aquel entonces un gordito de veintinueve años, intentaba parecer tan sólo otro hombre en busca de placer. Llevaba un traje blanco de doscientos cincuenta dólares con una camisa blanca, y un par de zapatos nuevos. “Parecía un turista rico de verdad” —bromeó más tarde.

Pero, según miembros de su círculo íntimo, y el recuento no publicado de un amigo cercano, Morgan evitó el brillo de la vida nocturna de la ciudad, abriéndose paso hasta una calle de la Habana Vieja cerca de un muelle que le ofrecía una vista de la Cabaña, con su puente levadizo y sus paredes cubiertas de musgo. Se detuvo en una cabina telefónica, donde se encontró con un contacto llamado Roger Rodríguez, un estudiante radical de pelo negro con un bigote espeso, que había sido tiroteado por la policía en una manifestación política, y era miembro de una célula revolucionaria.

La mayor parte de los turistas ignoraban las numerosas desigualdades de Cuba, donde la gente a menudo vivía sin electricidad ni agua corriente. Graham Greene, que publicó Our Man in Havana en 1958, recordó después: “Disfrutaba de la atmósfera sórdida de La Habana y nunca permanecí suficiente tiempo como para volverme consciente de aquel triste trasfondo político de encarcelamientos arbitrarios y tortura.” Sin embargo Morgan se había informado sobre Batista, que había tomado el poder en un golpe, en 1952: como al dictador le gustaba sentarse en su palacio, comiendo suntuosamente y viendo películas de horror, y como torturó y mató disidentes, cuyos cuerpos a veces eran tirados en los campos, con sus ojos arrancados o con sus testículos aplastados metidos en su boca.

Morgan y Rodríguez siguieron caminando por la Habana Vieja y comenzaron una conversación furtiva. Morgan rara vez estaba sin un cigarrillo, y se comunicaba siempre en medio de una nube de humo. No sabía español, pero Rodríguez hablaba un inglés entrecortado. Se habían encontrado con anterioridad en Miami, haciéndose amigos, y Morgan creía que podía confiar en él. Morgan le confió que planeaba subir a la Sierra Maestra, una cordillera en la remota costa del sudeste de Cuba, donde los revolucionarios se habían alzado en armas contra el régimen. Pretendía alistarse con los rebeldes, que eran comandados por Fidel Castro.

El nombre del mortal enemigo de Batista llevaba consigo la emoción de lo prohibido. El 25 de noviembre de 1956, Castro, un abogado de treinta años y el hijo ilegítimo de un próspero terrateniente, había lanzado desde México una ambiciosa invasión de Cuba con tan sólo ochenta y un supuestos comandos, incluyendo el Che Guevara. Después de que su golpeado barco de madera se encallara, Castro y sus hombres vadearon con el agua al pecho, y llegaron a la playa en un pantano cuya enredada vegetación les rompió la piel. El ejército de Batista pronto los emboscó, y Guevara fue herido en el cuello. (Después escribiría: “Comencé inmediatamente a preguntarme cual sería el mejor día para morir, ahora que todo parecía perdido.”) Tan sólo una docena más o menos de rebeldes, incluyendo el herido Guevara y el hermano pequeño de Castro, Raúl, escaparon, y, exhaustos y delirantes por la sed —uno bebió su propia orina— huyeron hacia la Sierra Maestra.

Morgan le dijo a Rodríguez que había seguido el progreso del alzamiento. Después de que Batista declarase equivocadamente que Castro había muerto en la emboscada, Castro permitió que el corresponsal del New York Times, Herbert Matthews, fuera escoltado hasta la Sierra Maestra. Amigo cercano de Ernest Hemingway, Matthews no tan sólo deseaba cubrir sucesos que cambiarían el mundo sino causarlos, y estaba cautivado por el alto líder rebelde, con su barba salvaje y su cigarro humeante. “La personalidad de ese hombre es abrumadora,” escribió Matthews. “He aquí un fanático educado, dedicado, un hombre de ideales, de valor.” Matthews concluyó que Castro tenía “ideas claras sobre la libertad, la democracia, la justicia social, la necesidad de restaurar la Constitución.” El 24 de febrero de 1957, la historia apareció en la primera plana del diario, intensificando el aura romántica de la rebelión. Después Matthews lo planteó así: “Una campana sonó desde las junglas de la Sierra Maestra.”

Aún así ¿por qué estaría un americano dispuesto a morir por la Revolución cubana? Cuando Rodríguez insistió a Morgan, este le dijo que quería tanto estar del lado correcto y correr el riesgo, pero también quería algo más: venganza. Morgan contó que había tenido un amigo americano que había viajado a La Habana y sido asesinado por soldados de Batista. Después, Morgan dio más detalles a otros en Cuba: su amigo, un hombre llamado Jack Turner, había sido capturado cuando contrabandeaba armas para los rebeldes, y fue “torturado y arrojado a los tiburones por Batista.”

Morgan le dijo a Rodríguez que ya había tomado contacto con otro revolucionario, que había arreglado pasarlo a las montañas. Rodríguez reaccionó desconcertado: el supuesto rebelde era un agente de la policía secreta de Batista. Rodríguez advirtió a Morgan de que había caído en una trampa.

Rodríguez, temiendo por la vida de Morgan, se ofreció a ayudarlo. No podía llevar a Morgan a la Sierra Maestra, pero podía llevarlo hasta el campamento de un grupo rebelde en las Montañas de Escambray, que cruzaba la parte central del país. Esas guerrillas estaban abriendo un nuevo frente, y Castro les había dado la bienvenida a la “lucha común.”

Morgan quedó con Rodríguez y un conductor para el viaje de doscientas diecisiete millas. Como Aran Shetterly detalla en su incisiva biografía The Americano (2007), el coche llegó pronto a un puesto de control militar. Un soldado miró dentro a Morgan con su traje brillantes, el único traje que parecía tener. Morgan sabía lo que pasaría si le detenían —como había dicho Guevara, “en la revolución se vence o se muere”— y había preparado una coartada, en la que era un hombre de negocios americano camino de ver unas plantaciones de café. Tras oír la historia, el soldado les dejó pasar, y Morgan y sus coconspiradores salieron al camino, hacia el Escambray, donde el aire se volvía más frío y fino, y donde las cimas de tres mil pies de altura tenían un siniestro tinte púrpura.

Morgan fue llevado a descansar a una casa franca, después conducido a una montaña cerca de la ciudad de Banao. Un campesino condujo a Morgan y Rodríguez a través de parrales y platanales hasta que llegaron a un claro remoto, flanqueado por pronunciadas pendientes. El campesino hizo un sonido como de trino, que resonó a través del bosque y fue contestado por un silbido lejano. Un centinela apareció. Y Morgan y Rodríguez fueron conducidos a un campamento montado entre torrentes, con hamacas y unos pocos rifles anticuados. Morgan pudo contar sólo una treintena de hombres, muchos de los cuales parecían recién salidos de la secundaria y tenían el aspecto enflaquecido, descompuesto de los supervivientes de un naufragio.

Los rebeldes miraron a Morgan inseguros. Max Lesnik, un periodista cubano a cargo de la organización de la propaganda, pronto se reunió con el grupo, y recuerda preocuparse acerca de si Morgan era “algún tipo de agente de la CIA.”

Desde la Guerra Hispanoamericana, Estados Unidos se había mezclado a menudo en los asuntos cubanos, tratando la Isla como una colonia. El Presidente Dwight D. Eisenhower había apoyado ciegamente a Batista —creyendo que sabría “como tratar a los comunistas,” como planteó al Vicepresidente Richard Nixon— y la CIA había activado operativos a todo lo largo de la Isla. En 1954, en un informe clasificado, un general americano advirtió que si Estados Unidos quería sobrevivir la Guerra Fría necesitaba “aprender a subvertir, sabotear y destruir a nuestros enemigos con métodos más astutos, sofisticados y efectivos que los empleados en contra nuestra.” La CIA llegó hasta el extremo de contratar a un famoso mago, John Mulholland, para que enseñase a los operativos juegos de manos y distracción. Mulholland creó dos manuales ilustrados, que se referían a las operaciones encubiertas como “trucos.”

A medida que la CIA intentaba comprobar la amenaza a Batista, sus operativos intentaban penetrar las fuerzas rebeldes en las montañas. Entre otras cosas, los agentes se creían que había reclutado o hecho pasar por reporteros. Mulholland advirtió a los operativos que “incluso más práctica es necesaria para interpretar una mentira hábilmente que la requerida para decirla.”

Los rebeldes también tenían que estar seguros de que Morgan no era un agente de la KGB, o un mercenario trabajando para la inteligencia militar de Batista. En la Sierra Maestra, Castro había descubierto recientemente que un campesino en sus filas era un informante del Ejército. El campesino, tras ser convocado, cayó de rodillas, pidiendo que la Revolución se ocupase de sus hijos. Después le dispararon en la cabeza.

Morgan fue entonces llevado a ver al comandante del grupo rebelde, Eloy Gutiérrez Menoyo. De veintitrés años, habla calmada y delgado, Menoyo tenía un rostro largo, hermosos escondido detrás de unas gafas oscuras y una barba, que le daban aire de fugitivo. La CIA indicó después en su informe sobre él, que era un joven inteligente, capaz, que no cedería “bajo técnicas de interrogatorio normales.”

Cuando era niño, Menoyo había emigrado de España —un ceceo seguía vagamente presente cuando hablaba español— y heredado la postura militante de su familia contra las tiranías. El mayor de sus hermanos había muerto, a los dieciséis años, combatiendo a los fascistas durante la Guerra Civil Española. Su otro hermano, que había venido también a Cuba, había sido abatido mientras conducía un asalto al palacio de Batista en 1957. Menoyo había identificado el cuerpo en la morgue de La Habana antes de dirigirse a las montañas. “Quería continuar la lucha de mi hermano” —recordaba.

A través de un traductor, Morgan le contó a Menoyo su historia acerca de querer vengar la muerte de un amigo. Morgan contó que había servido en el ejército estadounidense y era hábil en las artes marciales y el combate cuerpo a cuerpo, y que podía entrenar a los inexperimentados rebeldes en guerra de guerrillas. Había más en un combate que disparar un rifle, argumentó Morgan; como dijo más tarde, con las tácticas correctas podían “meterle el miedo en el cuerpo” al enemigo. Para demostrar sus proezas, Morgan tomó prestado un cuchillo y lo lanzó contra un árbol a treinta yardas de distancia. Golpeó el blanco tan correctamente que a algunos rebeldes se les escapó un sonido de admiración

Aquella tarde discutieron sobre si Morgan podía quedarse. Morgan parecía simpático —“como un cubano,” en palabras de Lesnik. Pero muchos rebeldes, temiendo que fuera un infiltrado, querían devolver a Morgan a La Habana. El jefe de inteligencia del grupo, Roger Redondo, recuerda: “Hicimos todo lo posible para que se fuera.” Durante los días siguientes, le hicieron marchar incesantemente arriba y abajo de las laderas montañosas. Morgan estaba tan gordo, bromeó un rebelde, que debía ser de la CIA.

Morgan pasaba hambre y se cansaba, repetía a gritos las pocas palabras españolas que había aprendido, “No soy mulo”. En un momento dado, los rebeldes le condujeron a una parcela de arbustos venenosos, que le picaron como avispas y provocaron que su pecho y cara se inflamasen gravemente. Morgan ya no podía dormir de noche. Redondo recuerda que cuando se quitaba su sudada camisa blanca, “le compadecíamos. Era tan blanco y se había vuelto de un rojo subido.”

El cuerpo de Morgan también ofrecía pistas de un pasado violento. Tenía marcas de quemaduras en su brazo derecho, y un cicatriz de cerca de un pie cruzaba su pecho, sugiriendo que alguien lo había cortado con un cuchillo. Había una pequeña cicatriz bajo su barbilla, otra cerca de su ojo izquierdo, y varias en su pie izquierdo. Era como si hubiera sufrido años de maltratos en la jungla.

Morgan soportó cualquier prueba a la que los rebeldes le sometieron, perdiendo en el camino treinta y cinco libras. Después escribiría que se había vuelto irreconocible: peso tan sólo 165 libras y tengo barba.” Redondo recuerda: “El gringo era duro, y los hombres armados del Escambray acabaron por admirar su resistencia.”

Varias semanas después de que Morgan llegase, un ojeador avisó de algo que se movía entre los distantes cedros y plantas tropicales. Empleando binoculares, localizó seis hombres, con uniformes caqui y amplios sombreros de paja, llevando rifles Springfield. Una patrulla del ejército de Batista.

La mayor parte de los rebeldes nunca habían estado en combate. Morgan los describiría después como “doctores, abogados, granjeros, chicos, estudiantes y ancianos unidos.” El vigía tocó la alarma y Menoyo ordenó que todo el mundo tomase posiciones alrededor del campamento. Los rebeldes no debían disparar, explicó Menoyo, a menos que él lo ordenase. Morgan se acostó al lado de Menoyo, sujetando uno de los pocos rifles semiautomáticos. Mientras los soldados se acercaban, sonó un disparo. Era Morgan.

Menoyo maldijo entre dientes cuando los dos bandos comenzaron a disparar. Las balas partieron árboles por la mitad y un humo amargo se extendió sobre la ladera. El tronar de las armas hizo casi imposible el comunicarse. Un soldado de Batista fue herido en el hombro, una mancha escarlata se extendió por su uniforme, y rodó ladera debajo de la montaña como una roca. El comandante de la patrulla del ejército retiró al soldado herido y, con el resto de sus hombres, se retiró a la espesura, dejando un rastro de sangre.

En la súbita paz, Menoyo se volvió a Morgan y gritó: “¿Por qué coño disparaste?”

Cuando le dijeron entonces a Morgan en inglés lo que Menoyo decía, pareció sorprendido. “Pensé que nos habías dicho que disparásemos cuando viéramos sus ojos,” dijo. Nadie había traducido la orden original de Menoyo.

Morgan había cometido un error, pero tan sólo había acelerado el inevitable combate. Menoyo le dijo a Morgan y al resto que se fueran: cientos de soldados de Batistas pronto vendrían a por ellos.

Los hombres metieron apresuradamente sus pertenencias en mochilas hechas con sacos de azúcar. Menoyo tomó consigo un medallón que su madre le había dado, representando la Inmaculada Concepción. Morgan amontonó sus propios recordatorios; fotografías de un niño y una niña. Los rebeldes se dividieron en dos grupos y Morgan partió con Menoyo y otros veinte, marchando más de cien millas a través de las montañas.

Se movían normalmente de noche; después, al amanecer, encontraban un sitio protegido y comían los pocos víveres que tenían, durmiendo por turnos mientras los centinelas vigilaban. Morgan, que llamaba a uno de sus rifles automáticos su niño, siempre mantenía su arma cerca. Cuando la oscuridad regresaba, los hombres volvían a marchar, escuchando el sonido de los pájaros carpinteros, el ladrido de los perros y su propio respirar exhausto. Sus cuerpos se debilitaron por el hambre y las barbas cubrieron sus caras creciendo como una jungla. Cuando un rebelde de diecinueve años cayó y se rompió el pie, Morgan lo agarró, asegurándose de que no se quedase atrás.

Una mañana en la marcha, un rebelde estaba forrajeando comida cuando vio cerca de doscientos soldados de Batista en un valle cercano. Los rebeldes se enfrentaban a la aniquilación. A medida que el pánico se extendía, Morgan ayudó a Menoyo a trazar un plan. Prepararían una emboscada, escondiéndose detrás de una serie de grandes piedras, en una formación en U. Era esencial, dijo Morgan, dejar una ruta de escape. Los rebeldes se acostaron detrás de las piedras, sintiendo el calor de la tierra contra sus cuerpos, sus rifles listos contra la mejilla. Antes, algunos de los jóvenes había profesado una alegre indiferencia frente a la muerte, pero su brío se desvaneció a medida que se enfrentaron ante la perspectiva.

Morgan se preparó para el combate. Se había implicado en un conflicto extranjero, y ahora todo corría riesgo. Estaba en el mismo apuro que Robert Jordan, el protagonista americano de Por quien doblan las campanas, que, ayudando a los republicanos en la Guerra Civil Española, debe volar un puente: “Tenía una sola cosa por hacer y debía pensar en ella… preocuparse era tan malo como tener miedo. Hacía las cosas más difíciles.”

Los soldados de Batista se acercaron al puente. Aunque los rebeldes podían oír a las ramas romperse debajo de las botas de los soldados, Menoyo ordenó a sus hombres aguantar el fuego, asegurándose que esta vez Morgan lo entendiese. Pronto, los soldados enemigos estuvieron tan cerca que Morgan podía ver los cañones de sus armas. A Castro le gustaba decir “Patria o Muerte,” Finalmente Menoyo dio orden de disparar. En medio de los gritos, sangre y caos, algunos de los rebeldes se retiraron, pero como Shetterly escribió, “vieron a Morgan al frente de todos, avanzando, completamente centrado en la lucha.”

Los soldados de Batista comenzaron a huir. “Se replegaron,” recuerda Armando Fleites, un médico que estaba con los rebeldes. “Fue una victoria total.”

Más de una docena de soldados de Batista estaban heridos o muertos. Los rebeldes, que tomaron las armas de los soldados muertos, no habían perdido ni un solo hombre, y después enrolaron a Morgan para les enseñase mejores formas de lucha. Un antiguo rebelde recuerda “Me entrenó en la guerra de guerrillas: cómo emplear distintas armas, cómo poner bombas.” Morgan entrenó a los hombres en judo y enseñó como respirar bajo agua empleando una caña hueca. “Habían tantas cosas que él conocía y nosotros no,” dijo el rebelde. Morgan sabía incluso algo de japonés y alemán.

Aprendió español, convirtiéndose en miembro con pleno derecho del grupo, llamado el Segundo Frente Nacional del Escambray. Como otros rebeldes, Morgan hizo juramento de “luchar y defender con mi vida este pequeño pedazo de territorio libre,” de “proteger todos los secretos de guerra,” y de “denunciar a los traidores.” Morgan ascendió rápidamente, primero mandando media docena de hombres, después dirigiendo una columna mayor, y, finalmente, presidiendo sobre varios kilómetros de territorio ocupado.

A medida que Morgan ganaba batallas, las noticias de su curiosa presencia comenzaron a filtrarse. Una estación radial rebelde cubana informó que los rebeldes “dirigidos por un americano,” habían matado cuarenta soldados de Batista. Otro noticiero saludó a un “yankee combatiendo por la libertad de Cuba.” El periódico de Miami, El Diario de las Américas, declaró que el americano había estado con los Rangers que desembarcaron en Normandia y abrieron el paso a las fuerzas aliadas destruyendo instalaciones nazis en la costa francesa antes del Día D.

Agentes de inteligencia estadounidense y cubana también comenzaron a hablar sobre un comando yankee. El verano de 1958, la CIA comunicó rumores sobre un rebelde, “identificado únicamente como El Americano,” que había interpretado un papel crítico “planificando y llevando a cabo actividades guerrilleras,” y que había liquidado virtualmente una unidad batistiana dirigiendo a sus hombres en una emboscada. Un informante dentro de un grupo revolucionario cubano le dijo al FBI que El Americano era Morgan. Otro dijo que Morgan había “arriesgado su vida numerosas veces” para salvar a rebeldes y era considerado “como un héroe entre sus fuerzas por su bravura y atrevimiento.” Los informes eventualmente provocaron una discusión entre las agencias gubernamentales estadounidenses —incluyendo a la CIA, el Servicio Secreto, la Inteligencia militar, y el FBI—para determinar quién era William Alexander Morgan, y para quién trabajaba.

(Continuará…)

* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la más reciente edición del semanario The New Yorker. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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El comandante yanqui (Segunda Parte)

por David Grann

El dossier secreto

J. Edgar Hoover sentía escalofríos y mareaos. Primero fue su corazón: en 1958 sufrió un pequeño ataque, a la edad de sesenta y tres años. El jefe del FBI estaba obsesionado con su privacidad y mantuvo el incidente en privado, pero comenzó un implacable régimen de dieta y ejercicios, disciplinando su cuerpo con la misma fuerza de voluntad con que había erradicado su tartamudeo infantil. Instruyó a la sección de investigación y análisis del Bureau para que le informase de cualquier tipo de avance que pudiera extender el prospecto de vida humana.

Aumentando la incomodidad de Hoover estaba la que Theodore Roosevelt había descrito como aquella “pequeña e infernal república de Cuba.” Hoover advirtió a sus agentes que el creciente número de seguidores de Castro en los Estados Unidos “podía plantear una amenaza a la seguridad interna” del país, y había ordenado a sus agentes infiltrar sus organizaciones.

Aunque Hoover rara vez viajaba al extranjero, quería convertir al FBI en un aparato de espionaje internacional, construyendo a partir de la vasta red que había creado dentro de Estados Unidos, que traficaban en historias sin elaborar: conversaciones grabadas, fotos de vigilancia, papeles salidos de cubos de basura, cables interceptados, chismes de antiguos amantes.
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Las distintas ramas de la inteligencia estadounidense aún no tenían pruebas de que Castro o sus seguidores fueran comunistas, y dada la brutalidad de Batista, algunos funcionarios americanos estaban desarrollando una postura suave con respecto a él. El funcionario de la CIA a cargo de las operaciones en el Caribe reconoció después que “mi equipo y yo éramos todos fidelistas.”

Pero Hoover permanecía vigilante: de todos los enemigos que había cazado, consideraba a los agentes del comunismo como “maestros del engaño” como los llamó en un libro best seller acerca de los mismos en 1958. Aquellos conspiradores tenían corrientes ocultas de información, y mutaban, como los virus, para sobrepasar las defensas de sus anfitriones; Hoover estaba decidido a impedirles que infiltrasen una isla justo al Sur de Florida. Una fuente dentro de la embajada estadounidense en La Habana le había informado que el control de Batista sobre el país se estaba “debilitando.” Ahora Hoover recibía informes sobre un gringo salvaje en las montañas. ¿Era Morgan un agente durmiente soviético? ¿Un operativo encubierto de la CIA? ¿O un renegado?

Tras husmear en tantas vidas, Hoover comprendía que virtualmente todo el mundo tiene secretos. Garrapateados en un diario. Grabados en un cassette. Enterrados en una caja de seguridad. Un secreto puede ser, como Don DeLillo ha escrito, “algo vitalizador.” Pero puede ser también algo que te puede derribar en cualquier momento.

A finales de 1958, Hoover había lanzado un equipo de G-men para que se enterasen de quién podía ser Morgan. Uno de ellos eventualmente llamó a la puerta de una gran casa colonial en el Old West End de Toledo, Ohio. Un distinguido caballero le saludó. Era el padre de Morgan, Alexander, un director de presupuesto retirado de una compañía de servicios y, tal y como su hijo le describió, un “sólido republicano.” Estaba casado con una delgada y devota mujer, Loretta que era conocida como Miss Catedral, por su implicación con la iglesia católica al final de la calle. Además de su hijo, tenían una hija, Carroll. El padre de Morgan le dijo al FBI que no había sabido nada de su hijo, al que llamó Bill, desde que desapareció. Pero facilitó mucha información sobre Morgan, y esto, combinado, con las entrevistas del FBI con otros parientes y asociados, ayudó a Hoover y sus espías a armar un sorprendente perfil del yanqui rebelde.

Morgan tenía que haber sido un americano quintaesencial, un brillante producto de los valores del Medio Oeste y la clase media en ascenso. Acudió a una escuela católica y logró inicialmente buenas notas. (Sus test de inteligencia muestra “inteligencia superior.”) Le gustaban los espacios abiertos y fue un boy scout dedicado, recibiendo el más alto premio de la organización en 1941. Años después, escribió a sus padres: “Habéis hecho todo lo posible para inspirar en vuestros hijos el amor a Dios y la Patria.” De una energía salvaje, siempre parecía estar bromeando, consiguiendo el apodo de Gabby. Su hermana me dijo, “Era tan fácil de querer. Ten hubiera vendido cualquier cosa.”

Pero Morgan también era un desclasado. No logró entrar en el equipo de fútbol, y sus constantes bromas exponían realmente su inseguridad. No le gustaba la escuela y a menudo se escapaba para leer libros de aventuras, sobre las historia del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, llenándose su cabeza con lugares mucho más exóticos que el barrio de césped bien cortado y casas cuadradas que estaba más allá de la ventana de su habitación. Su madre dijo en una ocasión que Morgan tenía una “muy, muy vívida imaginación” y que había llevado sus deseos a la vida, construyendo, entre otras cosas, un “casco de buzo” digno de Julio Verne. Rara vez mostraba “temor por nada” y en una ocasión hubo que detenerlo antes de que saltase desde el techo con un paracaídas casero.

Los oficiales del servicio de información militar estadounidenses también investigaron a Morgan, y prepararon un dossier sobre el mismo. (El dossier, junto a cientos de otros documentos desclasificados de la CIA, el FBI, el ejército y el Departamento de Estado, fue obtenido a través del Freedom of Information Act y de los Archivos Nacionales). En la evaluación psicológica del ejército, un analista de inteligencia militar declaró que el joven Morgan “parecía bien ajustado a la sociedad.” Pero para cuando se volvió un adolescente, su resistencia a las estructuras que lo rodeaban y a aquellos que querían darle forma, había alcanzado un estado febril. Como dijo su madre, había decidido que, si nunca podría sentirse cómodo en Toledo, abrazaría el exilio, aventurándose “en el mundo por sí mismo.”

En el verano de 1943, a los quince años, Morgan se escapó. Su madre después informó a la Cruz Roja sobre su hijo, diciendo: “Sorprendida es la palabra menos dura… ya que nunca había hecho nada como esto antes.” Aunque Morgan regresó a casa algunos días después, pronto robó el coche de su padre y “se largó” de nuevo, como dijo después, saltándose un semáforo en rojo antes de que la policía lo agarrase. Acabó en Chicago, donde se unió al Ringling Brother Circus. Diez días después su padre lo encontró cuidando a los elefantes, y se lo llevó a casa.

En el noveno grado, Morgan dejó la escuela y comenzó a recorrer el país, saltando en buses y trenes de carga; ganó dinero como operador de máquina troqueladora, dependiente de tienda, ayudante en un rancho, cargador de carbón, acomodador de cine y marino mercante. Su padre pareció resignado a los caprichos de su hijo, diciéndole en una carta, “Ten todas las aventuras que puedas y nos sentiremos felices cuando decidas que quieres regresar a casa.”

Morgan explicó después que no había sido infeliz en casa —sus padres le habían dado a él y a su hermana “todo lo que queríamos”— y que se había ido sólo porque deseaba “ver nuevos lugares.”

Su madre creía que tenía una imagen mítica de sí mismo, y “siempre parecía desear ser un gran hombre,” pero que dada su “naturaleza super afectuosa,” dudaba que “intentase realmente preocuparnos o hacernos daño.”

Sin embargo, Morgan solía acabar junto al “grupo equivocado de chicos,” como les dijo más tarde, y tuvo roces con la ley. Siendo aún menor, él y algunos amigos robaron el coche de una extraño, atando temporalmente al conductor; fue también investigado por llevar un arma escondida.

Nadie —ni sus padres, ni el FBI, ni el analista de inteligencia militar— pudo desvelar el misterio de la conducta antisocial de Morgan; permaneció por siempre oculta, un código irrompible. Su madre se preguntaba si algo le había pasado durante su embarazo, lamentándose: “Ese chico no me ha dado un momento de paz… es por eso que tengo el pelo gris.” Su padre le dijo al FBI que tal vez su hijo necesitaba ver uno de esos doctores de la cabeza. Un psiquiatra, citado por la Inteligencia Militar, especuló que Morgan se veía “guiado por el camino de la autodestrucción para satisfacer su necesidad neurótica de castigo.”

Sin embargo era posible ver en Morgan, con sus tristes ojos azules y su cigarrillo perpetuamente entre los labios, como el heraldo de un nuevo tipo social; un beatnik, un vagabundo. Un amigo de Morgan le dijo a un reportero, “Jack Kerouac seguía imaginándose la vida en el camino mientras que Morgan ya estaba ahí afuera viviéndola.”

La personalidad de Morgan —“nomádica, egocéntrica, impulsiva y completamente irresponsable,” como la describieron los agentes de Hoover— también tenía algunas similaridades con un adolescente de clase media a miles de millas de distancia. En 1960, un periodista conservador americano observó: “Como Fidel Castro aunque a menor escala, Morgan era un delincuente juvenil ya crecido.”

Hoover y el FBI descubrieron que, en contra de los recuentos de la prensa, Morgan no había servido en la Segunda Guerra Mundial. Viéndose a sí mismo como un moderno Simbad —su otro apodo— intentó alistarse pero fue rechazado porque era demasiado joven. No fue sino hasta agosto de 1946, cuando la guerra se había acabado y ya tenía dieciocho años, que logró unirse al ejército. Tras recibir órdenes para ser desplegado en Japón, en diciembre, lloró por primera vez en años, revelando que, a pesar de su dureza, seguía siendo un adolescente. Subió a un tren hacia California, donde se haría etapa en una base, y ya en ruta mandó a sus padres un telegrama:

Tengo sorpresa—casado ayer 12:30 am a Darlene Edgerton. Feliz—escribiré o llamaré lo antes posible. No os preocupéis o pongáis nerviosos.

Se había sentado al lado suyo en el tren, con su uniforme almidonado. “Era alto y guapo y tan magnético,” recuerda Edgerton, que ahora tiene ochenta y siete años y es ciega. “En realidad, iba a casa a casarme con otra persona, pero conectamos y nos detuvimos en Reno y nos casamos.” Se habían conocido sólo veinticuatro horas y pasaron dos días en un hotel antes de volver al tren. Cuando llegaron a California, Morgan se presentó en la base y partió para Japón. “Es lo que hacen los jóvenes,” dice Edgerton.

Con Morgan estacionado en Japón, la boda se disolvió antes de un año y medio y Edgerton recibió una anulación —aunque incluso cuando se casó con otro hombre siempre conservó una carta de Morgan escondida, que ocasionalmente desdoblaba, aplanando los extremos con sus dedos, y releía, excitada por la memoria de la figura que había brillado brevemente en su vida como una cometa.

Morgan estaba alicaído por el final de la relación, pero su madre le dijo a la Cruz Roja, “Conociendo a Bill, estoy seguro de que si tiene una oportunidad de salir con otras chicas pronto se olvidará de su amor presente.”

De hecho, Morgan salió con Setsuko Takeda, una anfitriona germano japonesa de un club nocturno de Kyoto y la dejó embarazada. Cuando Takeda estaba a punto de dar a luz a su hijo, en el otoño de 1947, no le dieron un permiso y él hizo lo que siempre había hecho: se escapó. Fue arrestado por estar ausente sin autorización, y, mientras estaba bajo custodia, afirmó que necesitaba ver a Takeda —que estaba al borde del suicidio tras ser acosada por otro soldado. Con la ayuda de un ciudadano chino que también estaba encerrado, Morgan derribó a un oficial de la Policía Militar y robó su .45. “Morgan me dijo que no me moviese,” testificó después el oficial. “Me dijo que me quitase las ropas. Después le dijo al chino que me atase.” Llevando el uniforme del guardia y llevando su arma, Morgan escapó en medio de la noche.

Un grupo de búsqueda militar localizó a Takeda y ella condujo a las autoridades a una casa donde Morgan le había dicho que la estaría esperando. Cuando vio a Morgan en la parte trasera del edificio, lo rodeó con sus brazos. Uno de los oficiales, viendo el arma en su mano, chilló, “¡Suéltala!” Morgan dudó, entonces, como un personaje de novela barata, hizo girar la pistola sobre su dedo, de forma que la culata se enfrentase al oficial, y la entregó. “No les costó mucho llegar hasta aquí,” dijo Morgan, y pidió un cigarrillo.

El 15 de enero de 1948, a los diecinueve años, Morgan fue sentenciado por una corte marcial a cinco años de cárcel. “Supongo que me lo merecía,” dijo.

Su madre, en su declaración a la Cruz Roja, pedía ayuda: “Sinceramente quiero que sea un chico del que sentirme orgullosa justificadamente, no uno que cuelgue sobre mi cabeza avergonzándome por haberle dado luz.”

Morgan fue eventualmente transferido a una prisión federal en Michigan. Se apuntó a una clase de Historia Americana; estudió japonés y alemán, los idiomas que hablaba Takeda; acudió a “clases de instrucción religiosa” y cantó en el coro de la Iglesia. En un informe de progreso, un funcionario de prisiones escribió, “El capellán ha notado que el preso Morgan ha desarrollado un sentido de responsabilidad social” y “está haciendo todo lo posible para mejorar como persona y ser un miembro útil de la sociedad.”

Morgan fue liberado de forma anticipada, el 11 de abril de 1950. Aunque había confiado en reunirse con Takeda y si hijo, la relación se había cortado. Morgan eventualmente se mudó a Florida, donde trabajó para una feria ambulante, como tragafuegos, y aprendió a usar cuchillos. Comenzó un romance con la encantadora de serpientes, Ellen May Bethel. Una pequeña y tempestuosa mujer de pelo negro y ojos verdes, “preciosa,” según cuenta un pariente. En la primavera de 1955, Morgan y Bethel tuvieron una hija, Anne. Se casaron varios meses después, y en 1957 tuvieron un hijo, Bill.

Morgan luchó para ser “útil para la sociedad,” pero parecía atrapado por su pasado. Era un antiguo convicto y un soldado expulsado sin honores —una mancha que intentó, en vano, expurgar de sus informes. Morgan le dijo después a un amigo que, durante ese periodo, “no era nada.”

De acuerdo a un informante del FBI, Morgan fue a trabajar para la Mafia, llevando recados para Meyer Lansky, el diminuto gangster judío conocido como “el Hombrecillo”. Además de supervisar las bandas en Estados Unidos, Lansky se había convertido en el jefe de La Habana, controlando varios de sus más grandes casinos y clubs nocturnos. Un asociado al crimen organizado describió en una ocasión cómo Lansky “llevó a Batista derecho a nuestro hotel, abrió los maletines y señaló el dinero. Batista simplemente miró el dinero sin decir ni una palabra. Entonces él y Meyer se estrecharon las manos.”

Morgan volvió a la deriva a las calles de Ohio, donde se asoció con un jefe criminal local llamado Dominick Bartone. Bartone era un gangster cuyas conexiones con la Mafia se remontaban supuestamente hasta la época de Al Capone; un hombre gruso de pelo negro y ojos oscuros —con un “aspecto típico de matón,” según su dossier del FBI. Clasificaba a la gente como “sólidos” o “mamones.” Su lista de delitos incluyó eventualmente condenas por soborno, contrabando de armas, evasión de impuestos y fraude bancario, y estaba aliado con el jefe del sindicato de transportistas, Jimmy Hoffa, al que llamaba “el mejor colega del mundo.”

Uno de los amigos de Morgan en Ohio me lo describió como “un tipo sólido.” Me dijo “¿Sabes lo que significa ‘conexión’? Bueno, pues Morgan estaba conectado.” El amigo, que me contó había estado acusado de asociación criminal, de pronto se calló y añadió: “No sé si estás con el FBI o la CIA”.

Algunos miembros de la mafia, incluyendo Bartone, se preparaban para cambiar de alianza en Cuba, mandando armas a los rebeldes. El padre de Morgan cree que su hijo se vio inicialmente atrapado en todo aquel asunto cubano en 1955, en la Florida, cuando aparentemente se reunió con Castro, que había viajado hasta allí para conseguir el apoyo de la comunidad exilada para su cercana invasión. Dos años después, con Castro refugiado en la Sierra Maestra, Morgan abandonó a su esposa e hijo en Toledo y comenzó a adquirir armas a lo largo de Estados Unidos, arreglándoselas para que fueran contrabandeadas a los rebeldes. Tal vez estaba motivado por simpatía hacia la Revolución, o por el deseo de hacer dinero, o simplemente para escapar de las responsabilidades familiares. El padre de Morgan le dijo al FBI que su hijo había huido “de sus problemas desde que era un jovenzuelo,” y que su escapada cubana era sólo otro ejemplo. Morgan, que antes de dirigirse a La Habana le había dicho a otro contrabandista de armas que le volvería a ver en Florida “cuando esta maldita Revolución se acabé,” después dio su propia explicación: “Siempre he vivido buscando algo.”

Hasta hoy, algunos estudiosos, incluso algunos que conocieron a Morgan, especulan que fue enviado al Escambray por la CIA Pero como revelan los documentos desclasificados, Hoover y sus agentes han descubierto algo más perturbador. Morgan no trabajaba para la agencia o para un servicio de inteligencia extranjero, o para el crimen organizado. Estaba allí por su propia cuenta.

(Continuará…)

Primera Parte

* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el semanario The New Yorker. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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El comandante yanqui (Tercera Parte)

por David Grann

Por qué estoy aquí

“¡Llamando al Comandante William Morgan! ¡Comandante William Morgan!”
Era uno de sus hombres en el Escambray, hablando por una radio de onda corta.
“¡Escúcheme!” llegó la respuesta de Morgan. “Mándenos refuerzos. Necesitamos ayuda y munición. Si nos quedamos, nos liquidarán.”

En el verano del 1958, Morgan había afrontado numerosas escaramuzas. “Siempre nos superaban treinta a uno,” recordaba Morgan. “Éramos un pequeño grupo, pero nos movíamos y pegábamos duro. Llegamos a ser conocidos como los fantasmas de las montañas.”

Morgan había presenciado, de cerca, las crueldades del régimen cubano; pueblos arrasados y quemados por el ejército de Batista, amigos con un tiro en la cabeza, un anciano senil con la lengua cortada. “Se y he visto lo que esa gente ha hecho,” dijo Morgan de los verdugos de Batista. “Mataban, torturaban. Pegaban a la gente… y hacían cosas indescriptibles.”

En una de las mangas de su uniforme Morgan cosió una bandera americana. “Había nacido americano,” le gustaba decir.

De noche, a menudo se sentaba en el fuego de campamento, donde las chispas dispersas creaban constelaciones inestables y escuchaba a los rebeldes compartir sus visiones de la revolución. Las varias facciones del movimiento —incluyendo otros dos grupos en el Escambray y las fuerzas de Castro en Sierra Maestra— representaban una variedad de ideologías y ambiciones personales. El frente del Escambray abogaba por una democracia de estilo occidental y era muy anticomunista, una toma de posición aparentemente compartida por Fidel Castro, que, al contrario que su hermano Raúl o que el Che Guevara, había mostrado poco interés por el marxismo-leninismo. En la Sierra Maestra, Castro le dijo a un reportero, “Nunca he sido, no soy ahora, un comunista. Si lo fuera, tengo suficiente valor como para proclamarlo.”

En el Escambray, Morgan y Menoyo se habían aproximado cada vez más. Morgan era mayor, y de una bravura casi suicida, como el hermano de Menoyo que había muerto en el asalto contra Batista. Morgan se dirigía a Menoyo como “mi jefe y mi hermano” —y le contó todo sobre su pasado turbulento. Menoyo sentía que Morgan maduraba, como soldado y como hombre. “Poco a poco, William cambiaba,” cuenta Menoyo.

En julio, después de que Morgan fuera ascendido a comandante, escribió una carta a su madre, algo que no había hecho durante sus seis meses en la montaña. Escrita con muchas florituras y guiones, decía: “Sé que no apruebas ni entiendes por qué estoy aquí —aunque eres la única persona en el mundo que creo que puede entenderme— he estado en muchos lugares —en mi vida he hecho muchas cosas que no aprobasteis— o comprendisteis, y que yo mismo no comprendí— en su momento.”

Se enfrentaba con sus viejos pecados, reconociendo el gran dolor que había causado a Ellen, su segunda esposa y a sus hijos (“a esos tres los dañé profundamente”) al abandonarlos. “Es duro comprenderlo pero los quiero mucho y pienso en ellos a menudo,” escribió. Ellen había pedido el divorcio, basándose en la deserción. “No espero que aún tenga mucha fe o amor hacia mí,” escribió Morgan. “Y probablemente tiene razón.”

Sin embargo, quería que su madre comprendiese que ya no era la misma persona. “Estoy aquí con hombres y muchachos —que luchan por la… libertad,” escribió. “Y si sucede que me maten aquí —tú sabrás que no es por un capricho alocado— o como papá diría, una quimera.” El amigo que también había contrabandeado armas a los rebeldes le contó más tarde al Palm Beach Post: “Había encontrado su causa en Cuba. Quería algo en lo que creer. Quería tener un destino. Quería ser alguien.”

Morgan había compuesto una declaración filosófica sobre por qué se había unido a los rebeldes. El ensayo, titulado “Por qué estoy aquí,” decía:

¿Por qué lucho aquí en esta tierra tan ajena a la propia? ¿Por qué vine tan lejos de mi hogar y familia? ¿Por qué me preocupo por estos hombres que están conmigo en las montañas? ¿Es porque fueran amigos míos? ¡No! Cuando llegué me eran extraños, no podía hablar su lengua o comprender sus problemas. ¿Es por qué buscó la aventura? Aquí no hay más aventura que los siempre existentes problemas de la supervivencia. ¿Así pues por qué estoy aquí? Estoy aquí porque creo que la cosa más importante para los hombres libres es proteger la libertad de los demás. Estoy aquí para que mi hijo cuando crezca no tenga que luchar o morir en una tierra ajena, porque un hombre o grupo de hombres intenten quitarle su libertad. Estoy aquí porque creo que los hombres libres deben alzarse en armas y unirse y luchar y destruir a los grupos y fuerzas que quieren quitar los derechos del pueblo.

En su prisa por superar el pasado de Cuba tanto como el propio, Morgan a menudo se olvidaba de poner comas o dividir los párrafos. Reconocía: “No puedo decir que siempre haya sido un buen ciudadano.” Pero explicaba que “estando aquí puedo apreciar el tipo de vida que nos pertenece desde que nacemos,” y contaba el tipo de cosas aparentemente imposibles que había visto: “Donde un chico de diecinueve años puede marchar doce horas con un pie roto en un terreno comparable a las Montañas Rocosas americanas sin quejarse. Donde un cigarrillo es fumado por diez hombres. Donde los hombres aguantan sin agua para que otros puedan beber.” Indicando que las políticas americanas habían impulsado a Batista, concluía: “¿Me pregunto a mi mismo por qué apoyamos a aquellos que desean destruir en otras tierras los ideales que tanto amamos?”

Morgan mando la declaración a alguien que estaba seguro que simpatizaría con el mismo: Herbert Matthews. El reportero del New York Times consideró que Morgan era “la figura más interesante de la Sierra del Escambray.” Inmediatamente después de recibir la declaración, Matthews publicó un artículo sobre el Segundo Frente y aquel líder “duro, inculto joven americano,” citando una versión corregida de la carta de Morgan.

Otros periódicos estadounidenses comenzaron a cronicar las hazañas del “aventurero americano,” el “espadachín Morgan.” The Washington Post informó que se había convertido en un “tipo osado” a la edad de tres años. Los recuentos eran suficiente como para “hacer que a los muchachos se les cayera la saliva,” como dijo un periódico. Un hombre de negocios retirado de Ohio dijo más tarde al Toledo Blade, que “era como un cowboy en una aventura de Ernest Hemingway.” Morgan finalmente había introducido sus fantasías íntimas en la realidad.

Un día de la primavera de 1958, mientras Morgan estaba visitando un campamento guerrillero para una reunión de mandos del Segundo Frente, encontró un rebelde que nunca había visto antes: pequeño y delgado, con una cara escondida por un sombrero. Sólo de cerca era evidente que el rebelde era una mujer. Estaba al principio de los veinte, con ojos oscuros y piel tostada, y para esconder su identidad, se había cortado su pelo castaño claro y lo había teñido de negro. Aunque era de una belleza delicada amartillaba y cargaba un arma con la facilidad de un ladrón de bancos. Morgan dijo después de la pistola que ella llevaba: “Sabe como usarla.”

Su nombre era Olga Rodríguez. Venía de una familia campesina, en la provincia central de Santa Clara, que a menudo se quedaba sin comida. “Éramos muy pobres,” recuerda Rodríguez. Había estudiado diligentemente y sido electa presidenta de su clase. Su objetivo era convertirse en maestra. Era brillante, testaruda e inquisitiva —como Rodríguez dice, “siempre un poco distinta.” Crecientemente irritada por la represión del régimen de Batista, se unió a la resistencia clandestina, organizando protestas y montando bombas hasta que, un día, agentes de la policía secreta de Batista aparecieron en su vecindad enseñándole a la gente su fotografía. “Venían a matarme,” recuerda Rodríguez.

Cuando la policía secreta no pudo encontrarla, golpeó a su hermano, abandonándolo en la puerta de sus padres “como un saco de patatas,” contaba. Sus amigos le rogaron que dejase Cuba, pero ella les dijo: “no abandonaré mi patria.” En abril de 1958, con su aspecto escondido y con una pequeña pistola calibre 32 metida en su ropa interior, se convirtió en la primera mujer en unirse a los rebeldes del Escambray. Atendía a los heridos y enseñó a los rebeldes a leer y escribir. “Tengo el espíritu de una revolucionaria,” le gustaba decir.

Cuando la descubrió, Morgan se burló gentilmente de su corte de pelo, quitándole el sombrero y diciendo, “Hey, muchacho.” Morgan había llegado literalmente encima de un caballo blanco y ella había sentido que su corazón hacía “boom, boom, boom.”

“Soy una gran romántica y me sentí conmovida de que alguien de otro país se preocupase lo suficiente por mis compatriotas como para luchar por ellos,” dice. Morgan, de forma repetida la buscó en el campamento. A veces ella le preparaba arroz y frijoles (“soy una guerrillera, no un cocinero”), y él solía quejarse, “demasiado aprisa” cuando ella hablaba en un español a ráfagas, acerca de la necesidad de tener elecciones y construir hospitales y escuelas. Al contrario que muchas de las mujeres con las que había salido impetuosamente, ella era distinta. Como su madre, tenía profundas convicciones, y fue su influencia, dice Menoyo, la que contribuyó a la “transformación de William,” aunque Rodríguez lo veía de forma distinta: Morgan no estaba cambiando tanto como descubriendo quién era realmente. “Sabia que William no siempre había sido un santo,” cuenta Rodríguez. “Pero por dentro, podía verlo, tenía un gran corazón —uno que se había abierto y no sólo para mi sino para mi país.”

Morgan reconoció el riesgo de dejarse llevar por las emociones en medio de la guerra. El régimen de Batista había puesto una recompensa de veinte mil dólares por él —“vivo o muerto,” según dijo Morgan. Una vez, cuando Morgan y Rodríguez estaban juntos, un avión militar apagó sus motores de forma que no pudieran oír su aproximación hasta que las bombas cayeron sobre ellos. “Simplemente tuvimos que tirarnos en busca de protección,” recuerda Rodríguez. Apenas si escaparon sin daños. En otros bombardeos, se sujetaban el uno al otro, murmurando: “Nuestros destinos están entrelazados.”

Cuando Robert Jordan se ve vencido por el amor hacia una mujer en la Guerra Civil Española, teme que nunca experimentarán lo mismo que la gente normal: “Ni el tiempo, ni la felicidad, ni la diversión, ni los hijos, ni la casa, el baño, un par de pijamas limpios, el periódico de la mañana, el levantarse juntos, el no levantarse y saber que está ahí y no estás solo. No. Nada de eso.”

Mientras Morgan luchase en el Escambray, no habría pasado ni futuro, sólo el presente. “Nunca podremos estar en paz,” dice Rodríguez. “Desde el comienzo, tuvo el terrible sentimiento de que las cosas no acabarían bien.” Y sin embargo la imposibilidad de su romance sólo profundizaba su ardor. No mucho después de conocerse, un chico de un pueblo cercano se acercó a Rodríguez en el campamento, llevando un ramo de flores silvestres púrpuras. “Mira lo que El Americano te ha mandado,” la dijo el chico. Algunos días después, el chico apareció de nuevo, sujetando un nuevo ramillete. “Del Americano,” dijo.

Como Morgan le dijo más tarde, tenían que “robar tiempo.” En uno de esos momentos, un fotógrafo les captó estando en un claro de la montaña. En la imagen los dos llevan ropa de campaña; un rifle cuelga de su hombro derecho, y ella se apoya en otro, como si fuera un bastón. Con sus manos libres se sujetan el uno al otro. “Cuando te encontré, encontré todo aquello que podía desear en el mundo,” la escribió más tarde. “Sólo la muerte podrá separarnos.”

“MORGAN MUERTO LA NOCHE ANTERIOR EN EL TRANSCURSO DE UN COMBATE CON EL EJÉRCITO CUBANO.” Decía un cable urgente enviado desde la Embajada de Estados Unidos en La Habana a Hoover, en la central del FBI, el 19 de septiembre de 1958. El régimen de Batista, que ya había filtrado la noticia a la prensa cubana, envió al FBI dos fotos de un cuerpo fracturado, sin camisa y manchado de sangre.

La madre de Morgan se vio destrozada cuando oyó los informes. Varias semanas después, recibió una carta de Cuba, escrita a mano por Morgan. Decía: “El mes pasado la prensa cubana dejó saber que yo estaba muerto pero como puedes ver no lo estoy.”

De la misma manera que el régimen de Batista había declarado falsamente la muerte de Castro, había cometido el error de creerse su propia propaganda sobre Morgan, quedando atrapado en el circuito cerrado informativo que aísla a los tiranos no tan sólo de sus compatriotas sino de la realidad. Mientras, Morgan emergiendo aparentemente de entre los muertos, como en uno de los trucos de Mulholland, creaba una potente imagen contra ilusión: que era indestructible.

En octubre, Che Guevara llegó al Escambray con un centenar de fantasmagóricos soldados. Habían concluido una marcha hacia el oeste de seis semanas, desde la Sierra Maestra, soportando ciclones y fuego enemigo y durmiendo en pantanos. Guevara describió a sus hombres como “rotos moralmente, hambrientos… sus pies llagados y tan hinchados que no entraban en lo que quedaba de sus botas.” Guevara—al que otro rebelde describió en una ocasión como “medio atlético y medio asmático,” e inclinado a llevar la conversación “entre Stalin y Baudelaire”—tenía el pelo negro casi hasta sus hombros. Durante la marcha había llevado el sombrero de un compañero muerto, pero al final lo había perdido, y por ello comenzó a llevar una boina negra.

Las filas del Segundo Frente habían crecido hasta sumar más de un millar de hombres. Morgan le escribió a su madre: “Ahora somos mucho más fuertes,” y dijo que sus hombres estaban “preparándose para bajar de las colinas y tomar las ciudades.”

Guevara había sido enviado al Escambray para asumir el control del Segundo Frente; como Castro, estaba dispuesto a eliminar cualquier amenaza a su control y a acelerar el asalto contra Batista. Pero muchos rebeldes allí se resistían a ver su autoridad usurpada, y las tensiones ocultas entre los grupos salieron a la superficie. Cuando Guevara y sus hombres trataron de entrar en un pedazo de territorio, fueron confrontados por un líder del Segundo Frente particularmente combativo, Jesús Carreras. Tras pedirle una contraseña a Guevara, Carreras se negó a dejarle pasar a él o a sus hombres.

Morgan y Guevara, los dos comandantes extranjeros, desconfiaban acerbamente el uno del otro. El exuberante y divertido anticomunista americano tenía poco en común con el ascético, erudito, doctor argentino marxista-leninista. Morgan se quejó a Guevara de que se había apoderado de armas que pertenecían al Segundo Frente, mientras Guevara menospreciaba a Morgan y sus desafiantes guerrilleros como comevacas, queriendo decir que haraganeaban y vivían a expensas de los campesinos. Aunque Guevara y el Segundo Frente llegaron a un “pacto operacional,” la fricción permaneció.

En noviembre de 1958, antes de un empuje contra el ejército de Batista, Morgan se escapó con Rodríguez a una granja en las montañas, donde arreglaron su matrimonio. Llevaban sus uniformes rebeldes, que habían limpiado en el río. No tenían anillos, así que Morgan tomó una hoja de un árbol, la enrolló y la colocó en el dedo de ellas, prometiendo, “Te amaré y honraré todos los días de mi vida,” cuenta Rodríguez, “Hasta que la muerte nos separe.”

Tras la ceremonia, Morgan recogió su arma y regresó al combate. “Apenas tuvimos tiempo de besarnos,” recuerda Rodríguez. A medida que la lucha se intensificaba, comenzó a sentirse incómoda. Para tenerla acompañada, él la había dado una cotorra que chillaba “We-liam” y “I love you!” Pero un día voló y no regresó más.

A finales de diciembre, Guevara y su grupo lanzaron un feroz asalto en la provincia de Santa Clara, obteniendo una victoria decisiva. Aquel mes, Morgan y el Segundo Frente se apoderaron de la ciudad tabaquera de Manicaragua, después avanzaron, capturando Cumanayagua, El Hoyo, La Moza, y San Juan de las Yeras, antes de alcanzar Topes de Collantes, a ciento sesenta millas de La Habana. Uno de los coroneles advirtió: “Los cuarteles ya no pueden resistir más. El ejército no quiere combatir.” El Segundo Frente había publicado antes una declaración afirmando que “la dictadura está casi aplastada,” y el gobierno estadounidense intentó expulsar a Batista, en un intento fútil de instalar una “tercera fuerza” más favorable. Batista resistió a la presión americana, pero casi había perdido su poder.

A las 4 A.M. del día de año nuevo, David Atlee Phillips, un agente de la CIA estacionado en La Habana miró a lo alto y vio un destello de luz —un aeroplano— perdiéndose en el espacio. Dándose cuenta de que no habían aviones saliendo a esa hora, telefoneó a su jefe de caso, y le ofreció una joya informativa: “Batista acaba de volar al exilio.”

“¿Estás borracho?” respondió el jefe de caso.

Pero Phillips tenía razón: Batista estaba escapando, con su séquito, a República Dominicana —y la voz se corrió rápidamente a lo largo de Cuba: “¡Se fue! ¡Se fue!”

Meyer Lansky estaba en La Habana en aquel momento, y estuvo entre los primeros en ser informado. “Coge el dinero,” ordenó a un socio. “Todo. Hasta el efectivo y los cheques de reserva.”

Después del alba, Morgan se preparaba para combatir por la Ciudad de Cienfuegos cuando el grito llegó hasta él y Rodríguez: ¡Se fue!¡Se fue! Morgan ordenó a sus hombres que tomasen la ciudad inmediatamente. Todos, incluso Rodríguez, saltaron a coches y camiones, corriendo hasta la ciudad donde habían esperado un intenso combate pero donde el ejército de Batista, antaño indestructible, se había disuelto delante de ellos a medida que miles de residentes jubilosos salían a las calles, haciendo sonar los cláxones y golpeando tambores improvisados. Las masas saludaron a Morgan, que se colocó una bandera rebelde alrededor de los hombros, como una capa, ante los gritos de “¡Americano!” Morgan, que les dijo a los reporteros, “Estoy olvidando mi inglés,” lloró frente a las masas que le apretaban, “¡Victoria! ¡Libertad!”

En una entrevista con Look, Morgan dijo, “Cuando bajamos de las montañas, fue un choque para todos nosotros… ver cuanta fe tenía el pueblo cubano en esta revolución. Sencillamente sentías que no podías traicionar sus esperanzas.”

Morgan fue puesto a cargo de Cienfuegos. Finalmente era alguien, le dijo a un amigo. El 6 de enero de 1959, a la una de la mañana, Castro se detuvo en Cienfuegos durante su triunfante marcha hacia La Habana. Era la primera vez que Morgan se reunía con Castro en Cuba y los dos antiguos delincuentes se estrecharon las manos y se felicitaron mutuamente.

En las entrevistas, Castro repitió su oposición al comunismo y prometió celebrar elecciones en dieciocho meses. Delante de una reunión de miles en La Habana, prometió: “No podemos convertirnos en dictadores.” Cualquier duda que Morgan tuviera sobre Guevara, parecía no tener ninguna sobre Castro, que en una ocasión declaró: “La historia me absolverá.”

“Tengo una tremenda admiración —un tremendo respeto— hacia el hombre,” dijo Morgan más tarde al locutor televisivo norteamericano Clete Roberts. “Respeto su coraje moral, y respeto su honestidad.” Morgan presentó a la revolución a su propia manera: “Es hora de que los de abajo tengan una oportunidad.”

Roberts observó que la vida de Morgan, incluyendo su romance con Rodríguez, parecía “como uno de esos guiones soñados en Hollywood.” Morgan insistió en que no deseaba vender su historia: “No creo que debas ganar dinero con tus ideales. No creo que fuera un idealista cuando subí a las montañas, pero me siento como un idealista ahora.”

Morgan no durmió los días siguientes a la huida de Batista, y agradeció la oportunidad de afeitarse y limpiarse la mugre de la selva. Rodríguez pronto se quitó su uniforme, confiando que “la guerra había acabado y que educaríamos una familia y viviríamos en una democracia.” En Cienfuegos, intercambiaron los anillos de boda apropiados. Rodríguez cuenta, “No puedo describir la felicidad que sentí —que sentimos.”

Rodríguez estaba embarazada. Para Morgan, de súbito parecía que él y Rodríguez podían tenerlo todo: una casa, niños, el periódico de la mañana. Como Morgan dijo, “Todo lo que me interesa es asentarme en una existencia agradable, pacífica.”

(Continuará…)

Primera Parte

Segunda Parte

* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el semanario The New Yorker. Traducción: Juan Carlos Castillón.

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MIENTRAS ESPERA POR LA FAMOSA 4TA PARTE, INTENTE LEER ESTO A CONTINUACION, PARA REIR Y/O LLORAR. [@napoleonlizardo]:

El otoño del (otro) Comandante

Papito Serguera llegó al final de sus tiempos como negociante privado. Se dedicaba a alquilar su casa, la misma que le dio Fidel en sus años de entrega total.

Para el nuevo negocio adornó las paredes con fotos históricas: el Che, Bembela, Raúl y Fidel, entre otros. Aquello parecía un hotel revolucionario.

Inagotable fuente de simpáticas anécdotas y buen degustador de cuanto trago apareciera, Papito alegraba su otoño con los justificados dólares. El nuevo negocio le garantizaba tiempo suficiente para vivir en calma y compartir con los socios de la época del “truene”, miembros del sindicato de los que ayer-fueron-y-hoy-no-son: Rigoberto, el Moro, Diocles, Robertico, Torres el Flaco, Lahitte y también para echarle alguna bronca a los clientes que no paraban de manchar las sábanas.

Papito era también un buen conversador y por eso los clientes preferían escucharlo. Lejos de las leyendas urbanas que lo asociaban a cuanta metedura de pata hubiera tenido la Revolución en los primeros años, prefirió tejerse una leyenda más reposada, como si fuera un ideólogo de consulta, o un gurú retirado del poder revolucionario.

Los clientes se arremolinaban a su alrededor, románticos de izquierda que entre mulata y playa hacían espacio para escuchar de boca de un testigo excepcional los pasos épicos que condujeron el país al destrozo actual.

Nunca les contó cómo sirvió de fiscal en los juicios sangrientos de los primeros años. Jamás habló del marabú del Camagüey, ese con el que prometió acabar —en vano. Mucho menos de su etapa como embajador en Argelia, donde puso literalmente a hablar mierda al comandante, quien luego tuvo que retractarse y brindar desagravios al nuevo presidente Bouteflika.

Tampoco contó mucho sobre su peor momento, al frente del ICRT, donde conspiró contra la cultura cubana, persiguiendo a figuras que hoy sirven de pedestal al ícono de barro del arte revolucionario. Una de las leyendas urbanas más persistentes que corren en La Habana lo ha convertido en la fuente de inspiración de la canción “Ojalá” de Silvio Rodríguez.

En medio de la calma que esos dólares tardíos le aportaban, pasó por un mal momento, mucho antes del cáncer que esta madrugada se lo acaba de llevar. Ante un intento de vejación cometido por unos policías “sofocadores” en Matanzas, su hija abofeteó al más atrevido de los uniformados y a puño limpio defendió su derecho a ser respetada como ciudadana cubana, sin importar que estuviera en territorios turísticos, vedados a Guillén y sus cantos de olas abiertas, democráticas.

Papito corrió a Matanzas y llegó antes de que las hiperemias contusas se hubieran borrado de las caras de los policías abofeteados, arañados y mordidos por su valiente hija. Cuando preguntó por ella en la carpeta le dijeron que estaba en un calabozo, lo que desató sus protestas. Con él venían testigos de los hechos que aseguraban que ella era la víctima. La reacción del agente con los carrillos rojos por la sorpresiva golpiza lo dejó perplejo. Lo detuvieron a él, al Comandante fiscal, al Embajador, al funcionario de leyenda, al Amigo. Lo recluyeron en uno de los calabozos de los que él disponía para los enemigos de antaño. El desconocimiento histórico del joven policía lo sometió al más cruel experimento de su vida. A manos de los suyos, sufría por primera vez el maltrato de la Revolución.

Luego vino el delegado provincial del MININT a disculparse y prometer soluciones. Papito regreso a la Habana enfermo, había visto el monstruo por dentro —ese monstruo que él había ayudado a crear. Su hija tuvo que luchar duro para no ser encarcelada; de nada valieron los galones del pasado, nadie respetaba la historia paterna y al contrario, pareciera que intentaban vengarse de aquel apellido caído en desgracia.

Ha muerto hoy en La Habana con sus hijos y nietos desperdigados por el mundo, con fotos para justificar su vida aventurera, algunos dólares bajo el colchón y las manos demasiado sucias.

Camilo Loret de Mola
Miami

Foto: Joseph Scherschel para Life (1959)/ © Time Inc.

junio 8, 2012 - Posted by | Otros autores

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  1. DATOS GENERALES DE WILLIAM MORGAN [El comandante yanqui]: William Alexander Morgan Ruderth (nació en Estados Unidos el 19 de abril 1928, Cleveland, Ohio – fusilado en Cuba, el 11 de marzo de 1961). Militar estadounidense, participante en la Revolución Cubana y cercano a Fidel Castro en los primeros años. Era conocido como el ¨Comandante Yankee¨, como el mismo Castro lo llamaba. Declarado “Héroe” de la Revolución Cubana.

    Sus Comienzos

    William Morgan, nacido en 1928, era un impetuoso joven norteamericano, quien residía en el estado de Michigan, y a los 18 años de edad se enroló en el ejército de los Estados Unidos. Enviado a Japón como parte de las fuerzas de ocupación después de terminada la II Guerra Mundial, tiene problemas de disciplina, y lo condenan a tres meses de confinamiento; pero a los días de estar preso, domina a un Policía Militar, y logra escapar.

    Capturado Morgan, es enviado a cumplir cinco años en una prisión en California, después lo trasladan a una cárcel de Michigan, cerca de su pueblo natal, Toledo, en Ohio. Ahí lo dejan libre, dándole de baja del ejército con un certificado deshonorable, era el año 1950.
    En la Revolución

    Morgan era amigo de Jack Turner, un traficante de armas y drogas quien se las enviaba a los alzados. Morgan se le unió en esas actividades a principios de 1956. Para 1958 sube a la Sierra del Escambray, en Las Villas, y se une al II Frente dirigido por el Comandante Eloy Gutiérrez Menoyo.

    De guerrillero en el Escambray, Morgan se enamora de una joven cubana también alzada en armas Olga María Rodríguez Farinas, y los dos jóvenes unen sus vidas.

    Al triunfo de la revolución el primero de enero de 1959, Morgan quien ya desde hacia días se encontraba peleando en los llanos de la antigua provincia de Las Villas, se hace cargo de la Ciudad de Cienfuegos. Es de anotar que las principales ciudades de Cuba, así como un 85% de los pueblos rurales, fueron entregados pacíficamente por el alto mando del ejército, el cual se encontraba desmoralizado debido a la huida del dictador Batista, quien había dado un Golpe de Estado en el año 1952, al entonces presidente Carlos Prío.

    De Cienfuegos, Morgan se une a la caravana triunfal de Fidel Castro, que partiendo desde Santiago de Cuba, recorría por la Carretera Central toda la Isla.

    Ya en La Habana, el comandante William Morgan se convierte en una de las diez primeras figuras populares de la revolución triunfante, pues sumado a que era un ciudadano estadounidense, su valor demostrado en los combates de las cercanías de Banao, Trinidad, y otros sitios de la sierra, lo proyectan en héroe.
    La traición de Trinidad

    Un punto no muy aclarado en la trayectoria de Morgan, es su participación en la llamada Invasión a Trinidad desde República Dominicana.

    En esos iniciales meses del triunfo, los amigos íntimos de Morgan ya conocían de sus desavenencias con los comunistas, y en particular con el argentino Che Guevara, y Félix Torres. Con base a estos datos, los familiares y miembros del antiguo régimen que preparaban una invasión desde Santo Domingo, República Dominicana, hacen contacto con Morgan para tomar la ciudad de Trinidad, y así comenzar una revuelta en toda la Isla de Cuba.

    Morgan en unión de Eloy Gutiérrez Menoyo, que fue su jefe cuando estaban alzados, aún creyendo que Castro no iba a implantar un régimen comunista, le comunica los planes del grupo de República Dominicana. Morgan entonces siguiendo lo planeado, dice a los invasores que tiene tomada la ciudad de Trinidad, y cuando estos aterrizan en el aeropuerto de dicha ciudad el 12 agosto de 1959, todos son apresados.

    El 15, a los tres días de la fracasada invasión a Trinidad, en una conferencia por televisión, Fidel Castro presenta a Morgan como héroe, y manifiesta: «Morgan es cubano, no americano».
    Comandante en el Escambray y muerte

    Al transcurrir los meses, Morgan, quien había sido asignado a un plan industrial en la Sierra del Escambray, seguramente con el propósito de mantenerlo aislado pues ya sus comentarios eran conocidos en contra de los continuos fieros ataques que se le hacían a los Estados Unidos, se pone a organizar un movimiento con el Comandante Jesús Carrera, y otros oficiales del Ejército Rebelde anticomunistas, para revertir el proceso marxista de la revolución. Castro, al tener conocimiento de estos hechos de Morgan, lo manda a detener, y lo envía para la Fortaleza de la Cabaña (octubre 1960).

    Después de tenerlo preso unos meses, el 9 de marzo 1961 le celebran juicio, donde el fiscal lo acusa de ser agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y es condenado a muerte.

    A los dos días, el 11 de marzo, en la madrugada, el Comandante de la revolución William Morgan, a la edad de 33 años, es sacado de La Cabaña, y frente a Castro, mientras era conducido hacia el paredón de fusilamiento, con un valor indescriptible según testigos, volvió a cantar una vieja composición patriótica estadounidense, posteriormente fue fusilado. A su esposa la condenaron a 12 años de cárcel en 1961. En 1980, después de haber cumplido completamente su condena, viajó a Estados Unidos en un programa de refugiados. [http://es.wikipedia.org/wiki/William_Alexander_Morgan]

    Comentario por napoleon03 | junio 8, 2012

  2. El comandante yanqui (Cuarta Parte)
    por David Grann

    La conspiración

    En marzo de 1959, un misterioso americano apareció de pronto en el Hotel Capri, donde Morgan y Rodríguez residían temporalmente. El hombre, de casi cincuenta años, era trigueño y usba gafas gruesas, parecía ser un empleado de la NASA, la nueva agencia del espacio. En la recepción del hotel, llamó a Morgan y le dijo que necesitaba verle. Su nombre era Leo Cherne. “Estoy seguro de que nunca había oído hablar de mi con anterioridad,” recordó Cherne, en una historia oral no publicada.

    Imponente, educado y discreto, Cherne era un rico hombre de negocios y persona influyente que había servido de consejero para varios presidentes estadounidenses, incluyendo a Franklin Roosevelt y Eisenhower. En 1951, se convirtió en el presidente del International Rescue Committee. A lo largo de los años, se especuló que, bajo la dirección de Cherne, el IRC sirvió a veces de cobertura para actividades de la CIA —una acusación que Cherne negó públicamente. En cualquier caso, estaba relacionado con gente activa en los círculos de la inteligencia, era un hombre que disfrutaba teniendo acceso al mundo del espionaje.

    En esa historia oral, Cherne dice que antaño se había sentido “profundamente atraído” hacia Castro, rivalizando con Herbert Matthews en su “ciego entusiasmo.” Pero Cherne se había vuelto cada vez más aprensivo tras el triunfo de la revolución. Con asombrosa frialdad, Castro había liquidado varios cientos de miembros del régimen de Batista en el “paredón,” y su indeterminada ideología, su instintiva desconfianza y su ambición gargantuesca suponían serios riesgos.

    Y así la CIA buscaba colocar más ojos y oídos alrededor de Castro, asignándoles eventualmente el criptograma de AMTHUG. Morgan debió de parecerle un seductor blanco a reclutar. Tenía ya una tapadera lista, hablaba español y, como ciudadano estadounidense, parecía más fácil darle la vuelta: no querría convertirse en traidor a su país. El apoyo de Morgan hacia Castro y la revolución representaban un impedimento, pero, como cualquier encargado de un agente sabía, virtualmente todo el mundo tiene un “punto débil”: codicia, celos, tentación sexual. Uno sólo necesita encontrar el punto e inflamarlo, hasta que el blanco viola un sistema de creencias por otro de informaciones, llamadas, silencios y puntos de recogida.

    Parecía que Morgan tenía una chispa de resentimiento que podía provocar un fuego. Castro, preocupado por sus rivales, había negado cargos de gobierno importantes a muchos miembros del Segundo Frente del Escambray, incluyendo a Menoyo. Adam Clayton Powell, un congresista de New York, acababa de regresar de una misión investigativa en Cuba, donde había oído a Morgan —al que describió como “un tío dulce, pero muy duro”— criticar al nuevo régimen.

    En el Hotel Capri, Cherne se sorprendió al descubrir que Morgan ocupaba una pequeña habitación mal amueblada. Rodríguez se había marchado pero barbudos armados seguían entrando y saliendo, como si la habitación fuera un cuartel improvisado. Morgan llevaba su uniforme rebelde, la estrella de comandante bordada en cada charretera. Su revolver descansaba sobre el vestidor.

    Cherne le dijo a Morgan que le buscaba para promover el trabajo del IRC en Cuba y para obtener una audiencia con Castro, pero Morgan fue cauteloso. Sabía que La Habana se había convertido en una ciudad de espías, y Cherne le había mostrado un folleto de la IRC en el que aparecía William Joseph (Wild Bill) Donovan, el famoso jefe de espías de la Segunda Guerra Mundial, que era presidente honorario de la junta directiva. Morgan sospechaba que Cherne era un agente de la Inteligencia Americana que representaba a “fuerzas sustanciales y muy poderosas.”

    Según conferenciaban, Morgan, creyendo tal vez que sus secretos estarían a salvo con un guardián profesional de los mismos, confesó algo que no había revelado ni a sus amigos más próximos, incluyendo a Menoyo. Admitió que la historia que había contado sobre un amigo americano asesinado por Batista era falsa: un juego de manos que le había permitido deslizarse dentro de la narrativa de la historia. “Morgan dijo la verdad, creyendo que yo no la haría pública,” recuerda Cherne. Morgan mostró su pasado turbio, y Cherne creyó que Morgan era “valeroso, duro, capaz, lleno de recursos pero un mal chico… Y era ese mal chico el que había encontrado en los sucesos de Cuba algo excitante.”

    Cherne observó lo bien que Morgan hablaba español, cómo se había ganado el respeto de los rebeldes que pasaban por aquel cuarto y lo brillante que parecía a pesar de tener tan sólo una educación de octavo grado. “Rara vez me he reunido con una persona tan genuinamente articulada, tan inteligente, en algunos momentos brillante, como encontré lo era él, de forma instintiva,” indicó Cherne.

    Pronto regresó al Capri para otra reunión. Esta vez, un barbudo descansaba extendido en la cama, aparentemente descansando. Morgan le dijo que quería comunicar algo “muy importante.”

    Cherne miró alrededor suyo ansiosamente, y preguntó: “¿Cómo sabe si la habitación es segura?”

    Morgan le aseguró que lo era, pero Cherne señalo a la salida de un aire acondicionado, donde podía ser instalado un micro. “Debo disculparme,” dijo Morgan. “Tiene absolutamente razón.” Tomó un radio transistor, lo colocó frente a la salida y subió a tope la música.

    Cherne seguía preocupado por el cubano en la cama. La “descuidada voluntad de Morgan de correr riesgos no me gustaba,” recordó Cherne. Pero, sintiendo que Morgan tenía una información “irresistible” le dejó seguir y, con su permiso, incluso empleó una grabadora en miniatura que había llevado consigo. Morgan le confió que Guevara y Raúl Castro eran marxistas-leninistas que amenazaban la Revolución. Guevara había reclutado a alguien para matarlo, pero Morgan había capturado al agente y, antes de dejarlo ir, obtuvo una confesión escrita, que había escondido. “Esa es la póliza de seguro que me mantiene vivo,” afirmó Morgan.

    Cherne le preguntó a Morgan si pensaba que Fidel Castro era comunista. Morgan dijo que no y enfatizo que muchos cubanos estaban comprometidos con la democracia. Cherne encontró la intrigante historia de Morgan “llena de hechos perceptibles.”

    Morgan expresó la esperanza de que Cherne podría emplear su influencia para asegurar ayudas económicas extranjeras para las tres mil familias del Escambray que habían sido “expulsadas por los bombardeos” durante la guerra. Y dijo que le preocupaba que el gobierno estadounidense revocase su ciudadanía, como algunos elementos anti-Castro reclamaban. Cherne sospechó que había localizado el punto débil de Morgan: el comandante yanqui quería estar seguro de que, si las cosas se volvían demasiado peligrosas, podría regresar a EE UU con su familia: temía ser abandonado.

    Cherne creía que Morgan no estaba buscando ventajas personales. Antes bien, Morgan esperaba “ajustar cuentas” con su amado país, donde había fracasado como ciudadano y soldado. “Era un acto de expiación,” concluyó Cherne.

    Morgan le entregó a Cherne una moneda de cinco centavos de 1946. Su borde tenía una pequeña señal. Si Cherne quería mandar a alguien a verle, debería darle a esa persona la moneda como presentación para Morgan: un signo de confianza.

    Después de que Cherne dejase el hotel, con la moneda y la grabación de su conversación guardadas, se puso nervioso ante la idea de haber sido espiado. ¿Por qué había corrido un riesgo tan tonto? Cherne garrapateó sobre el papel lo que había averiguado, lo puso en un sobre y se lo pasó a un amigo de confianza en La Habana. “Por si acaso no salgo,” recordó.

    Cherne regresó a su hotel y permaneció en su habitación. El teléfono sonó pero no lo contestó. “Oí pasos detrás de mi puerta y sudé sin control,” recordó. Finalmente corrió al aeropuerto, esperó un “rato interminable,” y “no se sintió tranquilo sino hasta que el avión salió.”

    El 20 de marzo, Cherne viajó a los cuarteles de la CIA —por aquel entonces un complejo de edificios descuidados en la Calle E, en Northwest Washington, D.C. Una señal que indicaba “U.S. Government Printing Office” había colgado inicialmente en el frente, pero después de que el Presidente Eisenhower y su chofer pasaran mucho trabajo para encontrar la entrada, fue remplazada por el emblema de la CIA.

    Cherne fue llevado a través de la seguridad y hasta la Habitación Francesa, una sala de conferencias empleada por agentes superiores de la CIA, donde se reunió con el jefe en funciones de la División del Hemisferio Occidental. Cherne le informó sobre su encuentro con Morgan, que consideró como una de la “más increíbles exposiciones accidentales a la realidad política de toda mi vida.” La CIA cultiva su propio lenguaje, y Cherne, identificado en un documento clasificado sobre Morgan simplemente como un “contacto HQS,” estaba siendo empleado como localizador —alguien que identifica un activo potencial para su reclutamiento. Cherne le dijo a la CIA que Morgan podía ser muy valioso, ya que tenía buenas relaciones con Castro. Y Cherne le dio la moneda de Morgan —el tipo de objeto que el mago Mulholland llamaba una “señal de reconocimiento.”

    Un informe de la CIA concluyó que Morgan tenía “posibilidades como KUCAGE.” En su libro de 1975, Inside the Company, Philip Agee, un antiguo agente de la CIA que se volvió contra la agencia y supuestamente ayudó al régimen de Castro, reveló que KUCAGE significaba operaciones psicológicas y paramilitares extremadamente sensibles. “Son actividades de acción más que de recolección,” escribió Agee. “Las operaciones de recolección deben ser invisibles de forma que el objetivo no sea consciente de ellas. Las operaciones de acción, por otra parte, siempre producen un efecto visible. Este sin embargo, nunca debe ser atribuible a la CIA o al gobierno de Estados Unidos.”

    No mucho después de que Castro tomase el poder, la CIA comenzó a buscar operadores que pudieran apretar el “botón mágico”: el asesinato. Además de encargar los manuales de Mulholland, la CIA creó un documento titulado “A Study of Assassination.” Tras indicar que:

    El accidente más efectivo… es una caída desde 75 pies o más contra una superficie dura. Huecos de ascensor, de escalera, ventanas abiertas y puentes pueden servir… El acto puede ser ejecutado por una súbita, vigorosa [elevación] de los tobillos, empujando al sujeto sobre el borde. Si el sujeto va a ser atropellado deliberadamente, una coordinación exacta es necesaria y es probable que sea seguido por una investigación… El sujeto puede estar noqueado o drogado y entonces colocado dentro del coche, pero esto es seguro tan sólo cuando el coche puede ser empujado desde un alto acantilado o a aguas profundas sin observadores.

    A finales de marzo, la CIA autorizó una investigación del pasado de Morgan, “alias ‘El Americano’. ” Sus agentes necesitaban más “datos biográficos” antes de intentar reclutarlo. El 30 de marzo, la División Central Encubierta solicitó que se la avisase inmediatamente cuando Morgan fuera “activado.”

    Dos semanas después, Castro llegó a Washington D.C., en lo que fue denominado una gira de “buena voluntad.” El Presidente Eisenhower se negó a reunirse con él, pero, cuando Castro apareció en público, con su traje de faena arrugado y la funda de su pistola vacía, fue saludado por los americanos que vieron en él un héroe popular. “¡Viva Castro!” gritaron.

    En aquel tiempo, como Aran Shetterly, el biógrafo, cuenta, otro curioso huésped apareció en el Hotel Capri. Era un reputado recaudador del crimen organizado llamado Frank Nelson. El crimen organizado temía, correctamente, que Castro cerrara casinos y clubs nocturnos. (“No sólo estamos dispuestos a deportar gangsters, sino a ejecutarlos,” proclamo Castro después.)

    Nelson dijo que un amigo en Miami estaba interesado en los “servicios” de Morgan. “¿En mis servicios?” preguntó Morgan, confuso.

    Era el turno de Nelson de mirar nerviosamente alrededor de la habitación. Con voz apagada, dijo: “Mi amigo está preparado para pagarte bien si le ayudas.” Se detuvo. “Un millón de dólares.”

    La conversación continuó en Miami, donde Morgan se reunió en una habitación segura de hotel con el “amigo” de Nelson. Era el cónsul de la República Dominicana, que servía como el otro enlace, para ocultar la identidad real de los conspiradores. Uno de los cerebros era Rafael Trujillo, el tirano que había dirigido la República Dominicana durante tres décadas, y que era incluso más sádico que Batista. Su jefe de seguridad había comparado su gobierno al de “Caligula, el césar loco.”

    Una máxima de Trujillo era: “El que no sabe cómo engañar no sabe cómo mandar,” y sentía inclinación hacia matar a sus contrarios fuera del país. En 1956, Trujillo supuestamente organizó el rapto, en New York, de un conferenciante de Columbia University que había servido a su gobierno. Tras ser llevado de vuelta a la República Dominicana y entregado a Trujillo, el académico se cree que fue desnudado completamente, atado a una cuerda en una polea y bajado, lentamente, hasta una caldera de agua hirviendo. Ahora Trujillo quería matar a Fidel Castro.

    En la habitación de hotel de Miami, el cónsul de Trujillo se reunió con el ex jefe de la policía de Batista. (Batista, aún en República Dominicana, ayudaba a pagar por la operación.) También estaba presente un gordo, bien vestido, al que Morgan reconoció de sus días en el crimen organizado: Dominick Bartone. Después de la revolución, el gangster había buscado a Morgan, intentando venderle al régimen de Castro varios aviones de carga militar Globemaster. Ahora Bartone intentaba vender los aviones a los conspiradores que buscaban derribar a Castro. El aliado de Bartone, Jimmy Hoffa, había intentado sacar trescientos mil dólares del fondo de pensiones de los transportistas para que el trato avanzase. Uno de los ayudantes de Hoffa informó después al gobierno que la trama “era pura y simplemente la forma de Hoffa de ayudar a algunos de sus amigos del crimen organizado que temían perder sus negocios en Cuba.”

    Los hombres en la habitación de hotel representaban intereses conectados al crimen organizado, los sindicatos de transportistas, Batista y Trujillo, por largo tiempo aliado con Estados Unidos. Estas divergentes fuerzas letales habían encontrado su unidad en un plan simple y audaz.

    A medida que trataban de persuadir a Morgan, también ellos buscaron su punto débil. “Entendemos que tú y tu gente habéis sido maltratados” dijo Nelson en su oferta. “Además un millón de dólares es un millón de dólares.”

    Para el resto del mundo, Morgan podía haberse convertido en el comandante yanqui. Pero los conspiradores confiaban en que, en el fondo, seguía siendo el buen Billy Morgan de siempre. “Te daremos todo lo que nos pidas,” dijo el antiguo jefe de policía de Batista.

    Morgan pronto les respondió. Les dejó saber que lo había consultado con Menoyo, y habían pensado seriamente lo que había pasado en Cuba desde la Revolución. Y Morgan dijo que él, junto a miembros del Segundo Frente, estaba preparado para unirse a la conjura.

    Hoover intuía que algo estaba en marcha. Había informes de chivatos de que, en meses recientes, Morgan había estado recibiendo decenas de miles de dólares del cónsul dominicano, dinero en efectivo a menudo metido en “simples bolsas de papel.” Había rumores de que Morgan, que se había mudado con Rodríguez a una casa en La Habana, estaba recibiendo mensajes de un sacerdotes que actuaba siguiendo no los intereses de Dios sino los de Rafael Trujillo. Y había rumores de que, en Florida, Morgan se había reunido con Johnny Abbes García, el jefe de la policía secreta de Trujillo, un maestro en el arte de extraer información (había estudiado los métodos chinos de tortura) y ocultarla (había tenido supuestamente un asunto con un medio hermano de Trujillo). “JOHNNY fue a Miami a contactar con MORGAN,” indicó un informe del FBI, añadiendo que Abbes García y su guardaespaldas lo habían “pasado bien en un club nocturno dedicado al calypso.”

    Hoover y sus hombres trataron de detectar una señal escondida en los datos que recogían. Estaban contemplando la historia sin la claridad de una narrativa interna, y era como mirarla a través de un parabrisas golpeado por la lluvia. A medida que Hoover se enfrentaba a los vacíos de su conocimiento, se iba obsesionando cada vez más con Morgan. ¡Un antiguo comefuegos de circo! Hoover lanzó a sus investigadores a “acelerar” su encuesta, husmeando en las conexiones entre Morgan y Dominick Bartone. El delincuente, al que el bureau clasificaba como “armado y peligroso,” había sido detenido recientemente con sus socios en el Aeropuerto Internacional de Miami, donde lo habían cazado cargando un avión con toneladas de armas: un cargamento aparentemente destinado a los mercenarios y exilados cubanos que se entrenaban en República Dominicana.

    El incidente no tan sólo aumento la vigilancia de Hoover sobre Morgan y los conspiradores; también despertó el interés del Comité del Senado sobre el Crimen Organizado y su principal consejero, Robert F. Kennedy, que estaba investigando las conexiones entre los Teamsters de Hoffa y el crimen organizado. En una audiencia en junio de 1959, Kennedy preguntó, “¿Tenemos alguna información sobre el Sr. Morgan?” Cuando un funcionario de los teamsters fue interrogado por el comité acerca de la trama de armas, dijo, en más de una ocasión, “Me niego a contestar porque honestamente creo que mi respuesta puede tender a incriminarme.” Otro testigo, sin embargo, reconoció que Morgan había “trabajado para Bartone en el pasado.”

    Mientras el F.B.I. seguía los movimientos de Morgan, este hizo varias visitas a Miami, donde se reunió con los conspiradores. Aquel verano, también viajó a Toledo para visitar a su madre y padre, a los que no había visto desde que se fue a Cuba, un año y medio antes. Sus padres saborearon la breve reunión, pero pudieron ver que Morgan se sentía “presionado,” como más tarde dijeron. Cuando su madre miró su ropa y pertenencias, se dio cuenta de que no llevaba ninguna identificación –se había convertido en un hombre de ninguna parte.
    Le preguntó en que clase de problema se había metido ahora.
    Ninguno, le aseguro.
    Pero ella intuyó que estaba planeando usar, como más tarde dijo, otro “truco.”

    La mano no es más rápida que la vista, advertía Mulholland en sus manuales de espionaje. La clave de una ilusión es hacer que la audiencia rechace la explicación de que ha sido engañada a plena vista.

    El 27 de julio de 1959, Morgan voló de nuevo a Miami, esta vez con Rodríguez. Embarazada de ocho meses ella le daba cierta cobertura. Aún así Morgan fue detenido por las autoridades en el aeropuerto de Miami y llevado a una sala de detención, donde se enfrentó con dos hombres de pelo corto, traje negro y corbata oscura; agentes de Hoover.

    Tras informar a Morgan de sus derechos, los agentes le cuestionaron acerca del motivo por el que había ido a Miami. Él insistió que para divertirse con su esposa unos días, pero, tras un posterior interrogatorio, admitió que representantes de un gobierno extranjero habían tomado contacto con él acerca de conducir una contrarrevolución en Cuba. “El sujeto se ha negado a identificar a los individuos con los que estaba en contacto,” escribieron los agentes en su informe.
    Morgan dijo que se encontraba en una “situación precaria.” Los agentes dejaron que eventualmente se fuera, pero Hoover ordenó a sus hombres que vigilasen los movimientos de Morgan “empleando vigilancia física y utilizando otras técnicas confidenciales.” El FBI informó que “la esposa embarazada del sujeto había sido vista conducida desde el Hotel Montmartre en un Cadillac del 1959.” Los agentes identificaron el coche: pertenecía a Dominick Bartone.

    El 31 de julio, Morgan telefoneó al F.B.I. dejando a los agentes saber que Rodríguez había regresado a Cuba. Dijo que planeaba regresar el también, en un vuelo de Pan American, en dos días. A las horas de llamar, sin embargo, se largó, abandonando sus propiedades en la habitación del Hotel. Los agentes intentaron seguirle el rastro, pero se había desvanecido.

    En la noche del 6 de agosto, el FBI descubrió después, Morgan abordó un pequeño pesquero, de “forma clandestina,” y se reunió frente a la costa de Miami con un yate de cincuenta y cuatro pies manejado por dos mercenarios. Al navío le había sido arrancada toda identificación, y estaba cargado por ametralladoras, explosivos y otros armamentos. Con Morgan a bordo, el yate salió hacia Cuba y, tras eludir la Guardia Costera estadounidense y casi quedarse sin combustible, se deslizó en el puerto de la Habana el 8 de agosto.

    Hoover creía que se estaba infiltrando dentro de la conspiración. Una fuente del FBI informó que Morgan estaba planeando “asesinar a Castro-“ Otra dijo que la conjura era para liquidar a Fidel y Raúl Castro. Según fuentes múltiples, una fuerza de asalto de cerca de un millar de exilados cubanos y mercenarios sería transportada, en avión, desde una base en la República Dominicana hasta Trinidad, una ciudad colonial al pie de las montañas del Escambray. Una vez esas fuerzas aterrizasen, se creía, serían dirigidas por Morgan, al que un cable de la Embajada estadounidense describía como “un enigma.”

    Morgan había recibido de Trujillo una radio de onda corta—un abultado artilugio con docenas de diales negros apretados. Morgan la instaló sobre una mesa de madera en su casa, y tras darle vuelta a los diales escuchaba el sonido chirriante de una voz: el espía asesino de Trujillo, Abbes García, en la Republica Dominicana.

    Un informante le dijo después al F.B.I. que Abbes García operaba su radio cada noche después de la medianoche, y a menudo se identificaba a sí mismo diciendo, “Este es Vaca Roja.”

    A Morgan le dieron el nombre en código de Henry—una referencia a Henry Morgan, el corsario galés del Siglo XVII que había sido comisionado por la corona inglesa para saquear el oro de Cuba, por aquel entonces una colonia española. En una ocasión, cuando Henry Morgan se encontró a sí mismo atrapado por una flota española, mandó flotando hacia el enemigo un barco, cargado de materiales incendiarios y muñecos de madera, que explotó, permitiéndole escapar, en uno de los más grandes trucos de la historia de la navegación.

    William Morgan daba vueltas en la radio de onda corta una noche de agosto. “Henry al habla,” dijo. “Venga ya… Venga ya…”
    Vaca Roja captó la señal y Morgan le dijo que la conjura había comenzado. “Nuestras tropas avanzan,” dijo.
    Abbes García podía oír bombas y disparos en el fondo.
    “¡Adelante Henry!” Fue la jubilosa respuesta.

    Hoover y otros altos funcionarios del F.B.I., la C.I.A., la marina, el ejército, la fuerza aérea y el Departamento de Estado hicieron circular inteligencia sobre Morgan y su conjura. Informes por cable urgentes fueron mandado: “La casa de Fidel en Cojimar tiroteada… Fuentes de confianza declaran que un pequeño grupo atacó la casa de Raúl… No se conoce la situación de Morgan… Las comunicaciones telefónicas a las provincias de Las Villas y Camagüey han sido cortadas… Rumores de combate… Los cuerpos armados en plena alerta… En espera de algo más, probablemente una invasión… El puerto de La Habana será bombardeado a las 4:00 a.m… Se espera que Castro sea liquidado.”

    Hoover y sus colegas recogieron información acerca de que Morgan y otros miembros del Segundo Frente, incluyendo Menoyo y Jesús Carreras, se habían reunido en Trinidad, donde habían controlado una pista de aterrizaje polvorienta, cortando efectivamente la Isla en dos. Se pudo oír a Trujillo lanzando un mensaje radial al pueblo cubano, diciéndole, “Fuego, fuego, fuego, contra ese demonio de Fidel Castro y su hermano Raúl” Trujillo comenzó a mandar desde el aíre docenas de cajas de munición calibre .50 a Morgan y sus seguidores, los hinchados paracaídas blancos iban de un lado al otro cayendo desde las nubes. Cuando otro avión de suministro regresó, su equipo reportó haber visto bombas trazando caminos en medio del cielo nocturno, como si se tratase de una tormenta eléctrica. El 12 de agosto, Morgan, que había traído consigo su emisora de onda corta, habló a Trujillo y le dijo que sus fuerzas habían capturado la ciudad. “¡Trinidad es nuestra!” dijo Morgan. “¡No nos abandones!”

    Al día siguiente —el treinta y tres cumpleaños de Castro— Trujillo mandó a Cuba un avión llevando los primeros miembros de la fuerza de asalto. A medida que los soldados desembarcaban en el aeropuerto en Trinidad, que había sido señalado con luces, podían oír a Morgan y sus hombres gritando ataques a Castro, y, a medida que se les unían, los gritos fueron cada vez más altos e intensos, convergiendo, como las voces de un estadio, en un conjuro ensordecedor: “¡MUERTE A CASTRO!”

    Entonces una figura alta, barbada, que también había estado chillando, emergió del lugar en que se había estado ocultando, debajo un mango. Era Fidel Castro.

    Morgan había hecho un truco dentro de un truco. No era un contrarrevolucionario —era un doble agente. Él y el Segundo Frente habían estado conspirando con Castro; los radio mensajes, la intercepción de comunicaciones y las bombas explotando habían sido parte del escenario de lo que Morgan describió como una “guerra ficticia.”

    Morgan y los leales a Castro apuntaron ametralladoras a los sorprendidos combatientes de la fuerza de asalto. Uno de los hombres de Trujillo dijo más tarde, “No debería ser juzgado como conspirador sino como imbecil.” Soldados de la fuerza de asalto desenfundaron sus armas, por un momento conspiradores y contra conspiradores se miraron los unos a los otros, como preguntándose quién había engañado a quién. Entonces uno de los hombres de Trujillo abrió fuego, y todo el mundo comenzó a disparar. Uno de los amigos de Morgan corrió hacia el avión y fue muerto. Cuando el tiroteo acabó, dos miembros de la fuerza de asalto habían muerto y el resto había sido capturado.

    Morgan ayudó a frustrar el primer gran complot contrarrevolucionario contra el régimen de Castro. Más tarde, durante un discurso televisado de cinco horas, que duró hasta las tres de la mañana, Castro explicó lo que había pasado. Morgan, sonriendo y llevando su bien planchado uniforme rebelde, apareció a su lado. Durante los meses anteriores, él y Castro habían pasado horas conspirando. Castro fue visto pasando su largo brazo alrededor de Morgan, su valioso agente doble. Saludo a Morgan como un “cubano,” y Morgan se refirió a Castro como “amigo leal.” Menoyo lo recuerda, “Tenían una completa confianza el uno en el otro.”

    El comandante yante reveló al público que, tras ser contactado para dirigir la contrarrevolución, él y Menoyo habían avisado a Castro, que les ordeno atraer a sus enemigos. Castro dijo en su discurso televisado, “Todo el mundo interpretó su parte. Fue mejor que una película.” Herbert Matthews, en una carta a Hemingway, describe los sucesos como “más extraños que la ficción pero real.”

    Morgan y Menoyo habían sido tan convincentes en sus papeles de contrarrevolucionarios que Leo Cherne, y otros, sospechaban que habían sido originalmente parte de la conspiración, cambiando de bando tan sólo cuando estaban a punto de ser descubiertos. Pero según Menoyo y otros implicados en la trama, no se habían vuelto contra Castro—que aún era reverenciado en Cuba y había reafirmado su apoyo a los principios democráticos en su visita de abril a Washington. A pesar de las preocupaciones de Morgan respecto al régimen de Castro, declaró enfáticamente que él y los miembros del Segundo Frente “nunca se unirían” a brutos como Trujillo o Batista.

    El 20 de agosto, Morgan llamó a los agentes del FBI que lo habían seguido en Miami, y se disculpó por no haber sido más sincero. Explicó que no quería “vender Cuba,” donde tenía tantos amigos. Añadió que creía que no había roto ninguna ley americana, aunque podía haberlas “torcido” levemente.

    El Servicio Secreto lanzó una investigación en torno a Morgan y recomendó que no se tomasen acciones contra ese hombre de “incuestionable valor,” dado que no planteaba ninguna amenaza a la “seguridad y bienestar de nuestro Presidente.” Pero Hoover estaba irritado con el engaño, y en septiembre el Departamento de Estado privó a Morgan de su ciudadanía.

    La CIA no hizo ningún esfuerzo para interceder a favor de Morgan. Aquel mayo, de acuerdo a los documentos desclasificados, la agencia había cejado en su esfuerzo por reclutarlo, después de que una comprobación de antecedentes mostrase su juventud criminal y su escandaloso servicio militar. Un memorando interno indicó, “La Estación intuye con fuerza que cualquier acuerdo encubierto con Morgan es indeseable desde el punto de vista de la seguridad.” Al final, la auténtica naturaleza rebelde de Morgan le hacía demasiado impredecible: mejor tratar con alguien que simplemente quisiera ganancias.

    Trujillo —que fue después asesinado en un complot con colaboración de la CIA— puso una recompensa de medio millón de dólares por la cabeza de Morgan. Cuando Clete Roberts, el locutor norteamericano, visitó la casa de Morgan, en septiembre de 1959, la encontró rodeada de guardaespaldas con subametralladoras Thompson. “Debo decirles a ustedes en Estados Unidos que el señor Morgan y yo estamos sentado en lo que podría denominarse un campamento armado,” dijo Roberts. Le preguntó a Morgan, “¿Cómo se siente el tener una recompensa de medio millón de dólares por su cabeza?”

    Morgan respondió calmadamente, “Bueno, no es demasiado malo. Aún tienen que cobrarla. Y eso será difícil.”

    El gobierno de Castro hizo a Morgan “ciudadano de nacimiento” cubano y le prometió protección. Associated Press escribió que había alcanzado una “estatura casi legendaria” en la Isla, y Cherne dijo que se había convertido en “el héroe de la República.” Morgan aumentó su reputación cuando entregó al gobierno cubano setenta y ocho mil dólares recibidos del cónsul dominicano, pidiendo que el dinero fuera invertido en el desarrollo económico de la región del Escambray. Cuando Morgan andaba por las calles de La Habana la gente se acercaba a tocarlo; hubo incluso una canción popular celebrando sus hazañas.

    En agosto Rodríguez dio a luz a una hija, que fue bautizada como la madre de Morgan, Loretta. Rodríguez recuerda que Castro apareció en la clínica para felicitarla a ella y a Morgan. “Quería ser el padrino,” dice Rodríguez, aunque el honor se lo llevó Menoyo.

    Morgan se sentía sorprendido de que tantos cubanos lo hubieran aceptado. “Esa gente que nunca me había visto antes en la vida,” le dijo a Roberts. “Nunca me habían conocido. Sólo me conocían por lo que había hecho o por como había estado con ellos.”

    Decía que la revolución había sido combatida por una bella idea —libertad— y que no estaba deseoso de abandonar las promesas hechas en la montaña. Aunque algunos marxistas-leninistas intentasen “colarse” en el poder en medio de la confusión del país, dijo, el pueblo cubano era demasiado individualista como para aceptar ese sistema. “El comunismo nace de la ignorancia y la pobreza,” dijo. “Y lo primero que está haciendo la revolución es crear escuelas y trabajos y hogares y dándole al pueblo tierra en la que pueda aumentar sus ganancias.” Reconocía que muchos revolucionarios cubanos eran jóvenes e inexperimentados, y habían cometido errores; pero su principal objetivo seguía siendo ayudar “al de abajo.”

    Aunque Morgan se sentía angustiado ante la posibilidad de perder su ciudadanía americana —“La cosa más grande de mi vida ha sido haber nacido en Estados Unidos,” dijo en una ocasión— estaba satisfecho de su creciente familia, y dispuesto a ayudar a construir la nueva sociedad cubana. “Ahora soy cubano,” dijo. “Y creo en la revolución.” O, como dijo más tarde, “Me apuesto la vida a que la revolución triunfa.”

    (Continuará…)

    —Primera Parte

    —Segunda Parte

    —Tercera Parte

    * Este artículo fue publicado originalmente en inglés en el semanario The New Yorker. Traducción: Juan Carlos Castillón.

    Comentario por napoleon03 | junio 8, 2012


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