Letras y alternativas

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Virgilio Piñera y el pensamiento cautivo.

Virgilio Piñera

Por Rafael Rojas|Princeton| 07-07-2012 – 4:31 pm.

Un escritor como él merece que se piense críticamente su apropiación por parte del mismo Estado que lo marginó y silenció.

No deje de leer al final, en comentarios, sobre “las cotorritas intelectuales que aún aplauden a los hermanos Castro“.

Luego de décadas de silenciamiento o relegación, el escritor cubano Virgilio Piñera (1912-1979) ocupa un sitio referencial en la literatura cubana contemporánea. Los avatares del canon nacional de las letras se cumplen, como en pocos autores latinoamericanos del siglo XX, en este poeta, dramaturgo y narrador, nacido hace 100 años en Cárdenas, Matanzas. Los atributos de Piñera que molestaban al Estado cubano, hace apenas 20 años, son los mismos que le han ganado una presencia tutelar, cada vez más discernible entre las últimas generaciones de escritores de la Isla y la diáspora.

La vuelta a Piñera es otra evidencia de que las tradiciones se reinventan, por obra de las comunidades intelectuales, no de los gobiernos y sus burocracias que siempre llegan tarde al reconocimiento del gran arte. A Piñera lo han favorecido, además, el desplazamiento de las poéticas latinoamericanas hacia los márgenes o la resaca del boom y el ocaso del nacionalismo. En Argentina, por ejemplo, Ricardo Piglia ha releído a Piñera y a su amigo Witold Gombrowicz como representantes de una literatura “menor”, no tanto porque afirmaran la lengua de una minoría, como el Kafka de Deleuze y Guattari, sino porque descreían del ceremonial moderno de la literatura.

Homosexual, ateo, crítico de las ideologías nacionales de mediados del siglo XX —la liberal, la católica, la marxista…—, Piñera fue la personificación de la inconformidad intelectual en Cuba. Esa ubicación áspera en una comunidad literaria sometida a fuertes moralizaciones y autorizaciones religiosas e ideológicas, hizo que la crítica de Piñera al orden cultural de Cuba, previo a la Revolución, lo sumara diáfanamente a ésta a partir de 1959. Cuando a mediados de los 60, el gobierno de Fidel Castro hizo evidente su adscripción a un marxismo-leninismo ortodoxo, practicante de la homofobia y el dogmatismo, Virgilio Piñera comenzó a sentir los rigores de la exclusión.

Al triunfo de la Revolución, Piñera, que por más de una década había vivido un exilio intermitente en Buenos Aires, acumulaba una obra sólida en narrativa, poesía y teatro. Para entonces se habían publicado su poema de aires antillanos, La isla en peso (1943), su novela porteña La carne de René (1952), los relatos de Cuentos fríos (1956) y algunas de sus piezas teatrales, reunidas en el Teatro completo (1960). Piñera había sido incluido, además, en las principales antologías de poesía y narrativa compiladas en Cuba, como las de Cintio Vitier y Salvador Bueno, y era la figura central de la importante revista Ciclón, dirigida por José Rodríguez Feo.

No es extraño que Piñera fuera reconocido por las primeras instituciones culturales de la Revolución. Los jóvenes escritores que se nuclearon en torno a Lunes de Revolución, el suplemento literario dirigido por Guillermo Cabrera Infante, lo veneraban y el propio Piñera representaba el compromiso con un proyecto político de vanguardia, ajeno a las intolerancias comunista y católica. Un proyecto político que, a su juicio, debía abandonar cualquier pretensión de “poesía pura”, como la que creía leer en algunos escritores de Orígenes, sin sacrificar la autonomía del arte.

Fue precisamente Piñera quien explicaría a Fidel Castro, durante un célebre encuentro de los escritores y artistas con el dictador, el “miedo” al “arte dirigido” que sentía la comunidad intelectual. Al miedo de Piñera, Castro respondió con la máxima “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, que ha regido, por más de medio siglo, el control ideológico de la cultura cubana. Lunes de Revolución fue clausurado, pero Piñera continuó publicando en revistas como La Gaceta de Cuba y Casa de las Américas y varios volúmenes suyos, como las novelas Pequeñas maniobras (1963) y Presiones y diamantes (1967), los Cuentos (1964), la obra de teatro Dos viejos pánicos (1968), premiada por Casa de las Américas, y el poemario La vida entera (1969), aparecieron en aquella década.

El último libro que Piñera publicó en vida se tituló, irónicamente, La vida entera, pero el escritor viviría unos 10 años más en La Habana, convertido en un fantasma del pasado ¿Qué pasado? Ciertamente no el de la dictadura de Batista o el de la República, que describió críticamente en sus libros, sino el pasado heterodoxo y vanguardista de la propia Revolución, del que ahora renegaba el gobierno de Fidel Castro. Solo algunos amigos y discípulos, como José Rodríguez Feo, Antón Arrufat, Abelardo Estorino, Abilio Estévez o Carlos Espinosa Domínguez, se mantuvieron fieles al legado de Piñera. Fueron ellos los que lograron sus primeras reediciones póstumas a mediados de los 80.

Aquellos intentos de rehabilitación del autor de La isla en peso coincidieron, sin embargo, con la caída del Muro de Berlín, el colapso de la URSS y la búsqueda de nuevas —más bien viejas— fuentes de legitimación oficial en el nacionalismo católico. La reivindicación subalterna de Piñera, impulsada sobre todo por Antón Arrufat, fue opacada por la reivindicación hegemónica de José Lezama Lima y los poetas católicos de Orígenes, promovida por Cintio Vitier, el Ministerio de Cultura y los aparatos ideológicos del Estado. Volvieron a escucharse, entonces, las frases con que medio siglo antes Vitier había expulsado a Piñera del parnaso: “Influjo de visiones que de ningún modo pueden correspondernos…, nuestra sangre, nuestra sensibilidad, nuestra historia nos impulsan por caminos diferentes…, testimonio falseado de la Isla”.

Una nueva generación de escritores se sumó en los 90 a ese extraño reclamo de canonización de un hereje, adelantado por Severo Sarduy desde París. Poetas, narradores o críticos, nacidos después de la Revolución, como Víctor Fowler, Rolando Sánchez Mejías, Antonio José Ponte, Damaris Calderón, Jesús Jambrina, Jorge Ángel Pérez o Norge Espinosa abrieron un flanco de relectura de Piñera que, en buena medida, se oponía a la manipulación oficial del legado de Lezama y Orígenes operada por el Estado. Ese forcejeo persistió hasta años recientes, cuando el nacionalismo católico, aunque sólido en el plano ideológico, comenzó a debilitarse en el campo intelectual. El gobierno de Raúl Castro, resuelto a incorporarlo todo, en una suerte de gula simbólica, decidió tolerar la canonización de Piñera.

Una comisión creada con motivo del centenario del autor de Dos viejos pánicos, encabezada por Antón Arrufat, albacea de Piñera y figura clave de su rescate subalterno, ha hecho cosas tan loables como la edición de las obras completas del autor y un reciente coloquio en su honor, en el que intervinieron decenas de piñerianos cubanos y extranjeros. Pero un escritor como Piñera merece que, más allá de la difusión que adquiera su obra dentro de la Isla, se piense críticamente su apropiación por parte del mismo Estado que lo marginó y silenció. El mismo Estado que sostiene de jure y de facto leyes e instituciones que un admirador de El pensamiento cautivo de Czeslaw Milosz no podía aprobar.

En el coloquio “Piñera tal cual”, celebrado hace un par de semanas en el Colegio San Gerónimo de La Habana, se rememoró la marginación de Virgilio Piñera en los años 70 y la subvaloración de su obra en las ultimas décadas. Esa crítica, sin embargo, es ilegible en medios oficiales como Granma, Juventud Rebelde y Cubadebate, que presentan el interés en Piñera como prueba de una rectificación que, a juzgar por el sistema político de la Isla, sus líderes, sus ideas y sus prácticas represivas, no es tal. La justa vindicación promovida por quienes durante años han defendido el legado de este escritor antiautoritario acaba ensordecida en el lenguaje acrítico del poder.

El caso de la apropiación de Virgilio Piñera por el Estado cubano debiera replantear el rol de los gobiernos en la administración de las literaturas nacionales. Es bueno que, en una época de tantos abusos culturales del mercado, los Estados se ocupen de la literatura y publiquen y honren la obra de los grandes escritores de un país. Pero cuando los poetas y novelistas del pasado son convertidos en emblemas de la legitimación de un partido o un Gobierno, que penaliza el ejercicio de cualquier oposición, la literatura pierde y el despotismo gana. En boca del Gobierno cubano, Virgilio Piñera acaba siendo lo que no fue: un defensor del pensamiento cautivo.


Este artículo apareció originalmente en El País.

julio 8, 2012 - Posted by | Otros autores

1 comentario »

  1. De la amistad entre Virgilio Piñera y José Lezama Lima

    José Prats Sariol|Miami| 16-06-2012 – 9:49 am.

    Entre ambos hubo pelea literaria y física, admiración y respeto.

    Virgilio Piñera. (ENTREHANDYSYBARTEBLYS.BLOGSPOT.COM)

    Ahora mismo los dos se burlan, junto a Oppiano Licario, de las cotorritas intelectuales que aún aplauden a los hermanos Castro, que como se sabe quedarán en los diccionarios del siglo XXII como “dictadorcitos caribeños, de la época de Virgilio Piñera y José Lezama Lima”. Ahora mismo oyen la última travesura estelar de Reinaldo Arenas. Lezama se tapa la boca para reír. Virgilio se quita los espantosos espejuelos de aros negros. Ríen. Ironizan. Desprecian…

    Establecer este paralelo puede contribuir a que nuestros esfuerzos por darle sentido a los rumbos de la literatura en el mundo de hoy, que forma parte de nuestro individual afán de sentido, vea en las paradojas entre poéticas, no un enfrentamiento irreconciliable, sino un dialéctico juego enriquecedor. Válido también, por cierto, para los sentidos políticos de Cuba o de cualquier país donde los derechos humanos sean vistos como ovnis.

    Apenas dos años le llevaba Lezama (1910) a su iconoclasta amigo Virgilio Piñera (1912). Apenas mediaron tres entre la muerte del entonces oficialmente proscrito Lezama (1976) y la del entonces también oficialmente proscrito Virgilio (1979). Al celebrar el centenario del dramaturgo, una comparación entre sus poéticas, desde los textos y con referencias a la turbulenta relación amor-odio entre ellos, puede contribuir a una historia de la literatura cubana que no sea “algodonosa”, como llamara Virgilio a la escrita por Cintio Vitier sobre Emilio Ballagas. Ilustra, además, cuán tensa, compleja y, por qué no, divertida, puede ser la amistad entre dos vigorosos talentos artísticos.

    Las primeras evidencias del paralelo se remontan a los años cuarenta del pasado siglo. Pero antes hay que esclarecer un fuerte equívoco, cometido por algunos críticos de “teclado ligero”, como solía decir Lezama. El agón literario de entonces, en las revistas que preceden a Orígenes (1944), no era entre los que después sí se enfrentarían, es decir, entre los escritores entonces muy jóvenes para suscitar debates filosóficos de corte metafísico, polémicas sobre la agridulce “cubanidad” —ese limbo tan manoseado— y mucho menos esperanzas en una “revolución” salvadora del país, con “mesías” refulgente.

    Es absurdo suponer que Cintio Vitier (1921), Eliseo Diego (1920) y Fina García Marruz (1923, “La Paloma de Hierro”, hoy la única sobreviviente) y tal vez Gastón Baquero (1914, autor del inmortal epíteto a su amiga Fina), ya representaban la poética-política que un poco a la ligera se identifica como “teleología insular”, con Lezama —punto debatible— de espolón de proa.

    Cuando se funda la revista Espuela de Plata (1939-41) —Verbum (1937) fue un primer intento, poco definido— Cintio tenía dieciocho años, Eliseo diecinueve, Fina era una adolescente de dieciséis. Y Lezama era un apuesto joven de veintinueve, Gastón de veinticinco, Virgilio de veintisiete. Los otros dos fundadores de Espuela de Plata, el pintor Mariano Rodríguez y el crítico de arte Guy Pérez Cisneros, también gozaban de una habanera juventud por la calle del Obispo, mientras se burlaban de los políticos de turno…

    El agón entonces, como es lógico, era con los poetas mayores en edad, pero casi coetáneos, sobre todo con aquellos distantes en su modo de ver la realidad cubana, la cultura humanística, las “vanguardias literarias”… Era con la revista de avance (1927-30), como muchos años después puede leerse en la polémica que sostuvieron Jorge Mañach y Lezama en la revista Bohemia, entre septiembre y octubre de 1949.

    A la vez era la necesidad de establecerse, individualizarse respecto de aquellos poetas donde reconocían talento artístico, no simple popularidad radial o reconocimientos oficiales de “poeta nacional”. Pensaban en Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, Mariano Brull… Aunque siempre los que después serían conocidos como origenistas mantuvieron una relación amistosa y hasta admirativa con las voces poéticas precedentes, sobre todo con Ballagas (1908) y Florit (1903). Y en este sentido obsérvese que Lezama solo era dos años más joven que el poeta de Elegía sin nombre y de Nocturno y elegía, poemas ya publicados en ese entonces; siete más joven que el autor de Doble acento. Añádanse dos años más a Virgilio, para verificar que la diferencia era mínima.

    Como ciertos aligerados prefieren sobreponer sus opiniones a las evidencias, relativizar interesada o ignorantemente los hechos, recordemos que estos dos poetas de la promoción inmediata anterior publicaron en Orígenes. Sin embargo, nos falta un estudio de las relaciones entre Emilio Ballagas y Virgilio Piñera, entre sus poemas y poéticas. Además, el primero solo era cuatro años mayor, nada de pertenecer a otra generación biológica… Lo indubitable son las pruebas, por encima de chismes sexuales, chistes con erratas, chispas de sacristías y crisis espirituales. Lo indubitable son los ensayos que Virgilio le dedica, desde el que corresponde a aquellos años iniciales hasta el publicado en Ciclón: “Ballagas en persona” (septiembre, 1955).

    Lucha literaria

    Volviendo al hilo: a principios de los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial y “democracia” en Cuba bajo una muy progresista Constitución, aún no se definían y mucho menos se oponían entre los futuros “origenistas” la tendencia de estirpe clásica, fundacional y católica, de un lado (Lezama, Cintio, Fina, Eliseo…), y la de corte existencialista, iconoclasta y escéptica, del otro lado (Virgilio, Pepe Rodríguez Feo…). Por supuesto que con muchísimos matices individuales, sin esquemas facilistas.

    Recuérdese que de agón proviene agonía, que la lucha literaria por lograr una voz casi nunca ha sido fraternal, como ha estudiado Harold Bloom en los poetas románticos de habla inglesa (Poetry and Represion. Revisionism from Blake to Stevens, Yale University, 1976), sin que la crítica literaria de habla hispana haya tomado suficiente nota atenta de sus enseñanzas, atragantada con el multiculturalismo y el seboruco nacionalista.

    Vale revisar las colaboraciones de Virgilio en las revistas que precedieron a Orígenes, explicar lo que ocurrió en torno y dentro de Poeta, citar una carta posterior de Lezama a Virgilio en Buenos Aires, además de confesar que, salvo especulaciones y cuentos, no sabemos si solo se interpusieron entre ellos cuestiones estéticas y literarias. Por suerte —me refiero a maledicencias— aún no eran Los años de Orígenes.

    En Espuela de plata Virgilio participa como colaborador, comienza a darse a conocer en los nuevos medios culturales que irrumpen en La Habana. Supongo —y así lo corroboraron tantos intelectuales de la época— que su carácter desenfadado y provocador comenzaba también a despertar rechazos, junto a posibles homofobias discriminatorias, realzadas por su condición de pobre, equidistante en este aspecto de José Rodríguez Feo, cuya madre era dueña de un central azucarero, riqueza que le permitió el financiamiento de Orígenes, la ejemplar independencia de la revista respecto del Estado y de intereses comerciales.

    En los seis números que salieron de Espuela de plata aparecen varios poemas y un importante ensayo de Virgilio, clave para la distinción de su poética: “Dos poetas, dos poemas, dos modos de poesía”. Para cuando cesa la revista en 1941 y surgen las tres que preceden a Orígenes, Lezama es una voz única, no solo en el ámbito de la poesía cubana, sino en la del idioma. Muerte de Narciso y los poemas sucesivos de entonces, marcan una individualidad inconfundible. Algo que Virgilio percibe de inmediato, admira y teme. Algo de lo que él aún carecía. Y que le parece una etapa, no un timbre definitivo, desde su poética neovanguardista del rompimiento, de la transgresión de cualquier norma o conducta lexicalizada.

    [Virgilio Piñera y José Lezama Lima, circa 1969. (JUSTA.COM.MX)] Virgilio Piñera y José Lezama Lima, circa 1969. (JUSTA.COM.MX)

    1942 es el año de la ruptura entre Lezama y Virgilio, que culmina en la simpática, desproporcionada y emblemática pelea en los jardines del Liceum, en El Vedado. Pero al revisar las tres revistas de ese año, se observa una curiosa mezcla. En Clavileño (1942-3, siete números, aunque dos son dobles) no aparece Lezama, pero sí el sacerdote Ángel Gaztelu (“Parábola de la palabra y los cuatro elementos”), con quien Lezama fundaría Nadie parecía, ese mismo año clave, 1942, de la cual sí estaba excluido Virgilio, sobre todo por sus ideas escépticas y agnósticas, lejanas del catolicismo que la revista tomaba de san Juan de la Cruz y sus versos místicos, los más intensos del idioma.

    1942 marca la discordia. Y lo decisivo: marca entonces a Virgilio como uno de los grandes escritores cubanos de todos los tiempos. Es en 1942 cuando escribe Electra Garrigó, que se estrenaría seis años después, pero que señala el inicio del teatro moderno en Cuba, y que la crítica especializada considera un hito dentro del teatro de habla hispana del pasado siglo.

    No es casual que también es el año en que Virgilio prepara La isla en peso —publicado en 1943—, donde logra sin equívocos la lejanía expresiva de Lezama y del resto de los poetas cubanos. Aunque he argumentado en otro estudio por qué considero ese poema el más representativo de la historia cultural cubana del pasado siglo, reitero aquí lo más significativo para el tema Lezama-Virgilio: el poeta de Cárdenas logra una sesgadura propia, de estirpe coloquialista, con el único antecedente entre nosotros en los poemas, entonces y hoy bastante ignorados, de José Zacarías Tallet. Aunque haya que considerar la influencia del García Lorca de Poeta en Nueva York, cuaderno póstumo salvado por José Bergamín y publicado en su exilio mexicano, en 1940.

    Claro que donde puede leerse la “ruptura” como evidencia, sin necesidad de interpretaciones, es en los dos incendiarios editoriales de Poeta, la delgada revista que Virgilio paga, dirige y divulga. Las críticas a Lezama en “Terribilia meditans”, como estudié hace décadas, marcan la escisión, cuyo colofón estuvo en la pelea física entre ellos, al parecer detenida enseguida, supongo que entre risas de los testigos, por el pintor Mariano Rodríguez, que gritó: “Ahí viene la policía”.

    ¿Hubo algo más? Yo no me atrevo a añadir nada, porque caería en rumores rodados… Nunca ninguno de los dos me habló de otras causas. Virgilio no tenía por qué hacerlo, pues no estuve en su círculo íntimo de amistades, nunca tuve el privilegio de las tertulias en Villa Manuela, la casa al sur de La Habana del pintor Yoni Ibáñez, donde por cierto Virgilio ofreció una noche una conferencia sobre Paradiso, tras la muerte de su amigo, que lamentablemente no fue grabada.

    Pero Lezama tampoco, ni siquiera cuando preparé en 1971 mi tesis de grado sobre Orígenes. Así que la causa esencial —no cierro la discusión— era de diferentes poéticas, de diferentes idearios filosóficos, de diferentes modos de entender la estética de las vanguardias, donde cada uno priorizó los rasgos que más se avenían a sus fuertes personalidades.

    Lo curioso por la paradoja que entraña es que las críticas de Virgilio a Lezama, a los efectos de que repetía su estilística, también van a caracterizar los poemas suyos, de entonces a su muerte. Ni en los poemas de Lezama se pueden señalar etapas o períodos lejanos a su manierismo; ni en los de Virgilio es posible separar ninguno fuera de su inconfundible prosaísmo dialógico, irreverente y recreador de lugares comunes, tan cercano a los personajes de su teatro. Ni el arrogante Lezama ni el travieso antagonista, dejan sus contrapuestos estilos. Ninguno “evoluciona”. Los dos pasan con sus impermeables sobre la historia, que sí, claro está, evoluciona y hasta se “revoluciona” o revuelve.

    ‘Paradiso’ y reconciliación

    Veinticuatro años después, cuando en 1966 aparece Paradiso, es que se reanuda la amistad: Virgilio llama por teléfono a Lezama para felicitarlo por la genial novela, y su viejo amigo-enemigo lo invita a visitarlo en Trocadero 162. Sin embargo, en aquellos casi cinco lustros no dejaron de vigilarse, de estar atentos a lo que escriben, a las resonancias de sus obras. Ninguno podía prescindir del otro porque los dos se sabían talentosos, únicos.

    El largo apartamiento estuvo marcado —como enuncié— entre otros sucesos por una poco conocida carta de Lezama a Virgilio, en ese entonces en Buenos Aires. Después por los editoriales de Ciclón y las críticas ácidas contra escritores admirados por Lezama, como José Ortega y Gasset; las diatribas a Lezama desde Lunes de Revolución, lanzadas por muy amigos de Virgilio; y alguno que otro roce mediante comentarios venenosos, que a los pocos días llegaban al otro… Según testimonios, cuando raramente coincidían en algún sitio, procuraban no verse, apartarse. Quizás algún sobreviviente pueda contradecir lo inmediato anterior. Ojalá. Yo no, por lo menos antes de 1966, en mi adolescencia.

    De los enunciados anteriores quizás un párrafo de la carta sintetice la crispación. Le escribe Lezama a su temido contendiente, en agosto de 1946, para pedirle una colaboración “pigmentada” sobre las letras en Argentina, donde Virgilio vivía. Y le dice: “A su agitado temperamento basta que se le indique un tema, para que de inmediato lo deseche”.

    Ahí está sintetizada la clave: Virgilio como primera reacción tiene siempre el rechazo, la reticencia, la rebeldía. Siempre fue así. Lejano de la actitud contemporizadora de Lezama. Por ser así, bajo la discriminación de su homosexualidad afeminada y de su pobreza económica, fue más libre que Lezama, sobre todo frente al Poder “revolucionario” que —dueño de todos los empleos y Cuba carente de una sociedad civil— los apabulló a ambos. Al punto de que los dos desearon abandonar el país, como podemos testimoniar varios de sus amigos: Lezama a París y luego a reencontrarse con su hermana Eloísa. Virgilio a Buenos Aires, “de donde nunca debí regresar” —como me dijo en la cola para un aguado café en Infanta y San Lázaro, cerca de su apartamento de 27 y N en El Vedado, pocos meses antes de morir.

    En esa misma carta Lezama le confiesa a su amigo-enemigo, al que tiene tan presente: “Cada día se hace más difícil conseguir colaboraciones entre nosotros. La creación es lenta y discontinua, en la gente que entre nosotros hace algo. Un poemita o un ensayo con dimensiones de carta, hay que buscarlo como el oro con cobre de nuestros ríos. Mi pescuezo de vasco persevera, pero los huesos sudan rocío frío. La obstinación contra el muro puesto de moda por los existencialistas, es ya de todos y se quiere jugar un poco al muro y dejar que se resientan contra él” (En Cartas a Eloísa y otra correspondencia, Verbum, Madrid, 1998, pp. 309-310).

    [José Lezama y Virgilio Piñera. (UNATEMPORADAENELINFIERNO.NET)] José Lezama y Virgilio Piñera. (UNATEMPORADAENELINFIERNO.NET)

    Los dos escritores perseverantes —de vocación y voluntad ejemplares— pronto experimentaran latigazos más fuertes que la desidia o las envidias de la fauna cultural de entonces, siempre intemporal y de cualquier ciudad. Obsérvese, además, el guiño al existencialismo que le regala Lezama a Virgilio, cuya filiación conocía muy bien y de la cual participaba, en cierta forma, pero desde la corriente católica: Jacques Maritain, entre otros… Opuesta a Camus, y sobre todo a Sartre, el gran centro filosófico del hermano de Virgilio, el relevante profesor de filosofía Humberto Piñera Llera.

    Después de esa carta la oposición entre ellos prosiguió y se acentuó cuando la escisión que da nacimiento a la revista Ciclón, en 1955. Sus editoriales —como es fácil verificar en el estilo de ellos— están escritos por Virgilio, aunque firmados por su amigo Rodríguez Feo. El ataque al Orígenes de Lezama es de frente y duro. Aquí sí —y hasta el final de su vida— contra los idearios del grupo católico y “martiano”, sobre todo contra Cintio Vitier.

    Reitero que la oposición de poéticas y de actitudes existenciales se define en esa fecha, no en los años 40, como algunos han pretendido ubicar; aunque tenga en Poeta (1942) su antecedente. La beligerancia de Virgilio contra los poetas-católicos se hace diáfana a finales de los años 50, mientras prosigue su enfrentamiento a las edulcoraciones de la historia de Cuba, de José Martí y de sus intelectuales y políticos, de corruptos e hipócritas asentados en un supuesto ámbito familiar “armónico”, como puede disfrutarse en Aire frío.

    Porque la reconciliación fue Paradiso y solo con Lezama. Nada que ver con Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego. Tampoco —pero en otro sentido— con Gastón Baquero, ya en el exilio madrileño… Lo triste y patético es que los dos fueron víctimas del Poder, aunque Lezama con mucha mayor ingenuidad política, casi cándida ante el autoritarismo represivo, con más miedo que Virgilio a las sanciones.

    Para la idiosincrasia de Virgilio Piñera Paradiso representó una cima cubana, solo comparable a las alcanzadas por él mismo. Representó, además, la verificación de que no se había equivocado en sus críticas de los años 40 a su amigo.

    Al leer la novela completa por primera vez, tras los capítulos que habían aparecido, pudo gozar de las transgresiones lezamianas al canon narrativo, pero a la vez de las fuertes transgresiones lezamianas a la moral de tapadillo, a homofóbicos e hipócritas. Y no solo en el capítulo VIII, que provocó la recogida de la edición de las librerías hasta que de nuevo el Partido estalinista autorizara que prosiguiese la venta. Aquella lectura en la edición príncipe, le borró los sinsabores acumulados durante décadas. Lo hizo llamarlo, felicitarlo, decirle que lo admiraba por Cemí y Fronesis, por Foción… Por el carácter de novela iniciática que no ocultaba nada, que lejos de velar exhibía.

    En los siguientes diez años la amistad se consolida y engrandece. Los une la mutua admiración. Los une también el ostracismo que sufren por parte de un gobierno que en 1959 y en los primeros años de “revolución” admiraron, pensaron como el inicio de una Cuba mejor. Ambos chotean los disparates egocéntricos de Fidel Castro, la mediocridad de su hermano, los funcionarios de la “cultura” anegados en los pantanos del “realismo socialista” y el aldeanismo. Los chistes llueven. Aún recuerdo una noche de 1974 donde los dos susurraron burlas sobre el “Comandante”, a quien consideraban un muy peligroso delirante, rodeado de vividores y lacayos, en la más encumbrada tradición latinoamericana de caudillos.

    Como apunté al inicio, Lezama murió casi tres años antes que el “endemoniado” escéptico y procaz que fuera, en 1966, el primero en darse cuenta de la grandeza de Paradiso, según atestigua su decisión de reiniciar la amistad, la admirativa llamada telefónica, el irónico poema “El telegrama” (marzo de 1969), manuscrito en el álbum de amigos de Lezama…

    En aquellos días posteriores al 9 de agosto de 1976, Virgilio le escribió a Lezama un poema, que tituló “El hechizado”. Dice:

    Por un plazo que no pude señalar

    me llevas la ventaja de tu muerte:

    lo mismo que en la vida, fue tu suerte

    llegar primero. Yo, en segundo lugar.

    Estaba escrito. ¿Dónde? En esa mar

    encrespada y terrible que es la vida.

    A ti primero te cerró la herida:

    mortal combate del ser y del estar.

    Es tu inmortalidad haber matado

    a ese que te hacía respirar

    para que el otro respire eternamente.

    Lo hiciste con el arma Paradiso.

    —Golpe maestro, jaque mate al hado—.

    Ahora respira en paz. Viva tu hechizo.

    En la isla sobre cuyo peso ahora mismo conversan sobre sus vidas encrespadas, Lezama y Virgilio no han interrumpido nunca su labor formadora. Lezama prosigue su Curso Délfico con los que “están en la obligación de escucharme”. Virgilio con los pinos nuevos que siguen las estelas de Abilio Estévez… El hechizo que sus obras exhalan mantiene en jaque a la mediocridad y al Poder. Los dos discuten fraternalmente desde el respeto a la diferencia. Juntos escriben ese raro hechizo: orgullo que ironiza y convoca.

    Este texto fue leído en el homenaje a Virgilio Piñera celebrado ayer en La Otra Esquina de las Palabras, Miami.

    Comentario por napoleon03 | julio 8, 2012


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